jueves, diciembre 20, 2012

Sueño nº 2

Te parecerá mucha casualidad pero esta noche he soñado contigo, un sueño delicioso. Ojalá tú también lo hubieras tenido. Tenía la sensación de que flotaba entre dos cosas ¿qué dos cosas? Tú y el abismo.
Era extraño, me empujabas hacia un fondo en el que caía silencioso. Yo te tendía mis brazos con impotencia y desesperación, tú me intentabas atraer sin conseguirlo. Parecerá ridículo pero el abismo acababa en el asiento de tu coche, tal vez era un coche azul, descapotable. Lo conduces con mucha serenidad, segura de ti misma, gafas de sol, jersey de lana y unas mallas negras ceñidas a tus muslos, tus gloriosos muslos de 23 años, esos que suscitaban la codicia de la posesión. Al lado voy yo, callado, excesivamente elegante, como un dandy.
Te miro pero no te hablo. En tus labios se esboza una sonrisa, de esas sonrisas que no llegan a desembocar en risa porque se quedan en el camino de una mueca sugerente e infantil; es la satisfacción hecha gesto, estás orgullosa de llevarme, de lucirme. Conozco la carretera, es el Albaycín y las gitanas que merodean por allí gritan que la crisis no les afecta porque siempre se han mantenido al margen del sistema (yo no les he dado permiso para que entren en mi sueño, pero les doy la razón).
Te paras, dejas el coche y te sientas en el muro de piedra desde el cual se contempla, como a través de un caleidoscopio, Granada entera. Yo llego por detrás, pongo mi mejilla junto a la tuya y te rodeo la cintura con mis brazos firmes. Ahora que no me ves-estoy detrás de ti- y que pareces indefensa, subo las manos hacia las tetas, tus gloriosas tetas de 23 años. Busco el lunar con mi dedo índice, como si este tuviera un ojo en la yema. En tanto te beso justo detrás de uno de tus pendientes, y se te eriza el alma.
La hora se ensangrienta en las faldas de la Alhambra y una luna ovoide enseñorea- tímida aún- sobre la torre del homenaje. Me siento a tu lado y permanecemos quedos durante ¿30 minutos? no hay tiempo en los sueños por eso son etéreos. A veces nos miramos como si no nos creyéramos ahí, tan íntimos, tan transparentes; otras, nos demoramos en la contemplacion de toda la perfección que nos rodea: Granada atardeciendo y a nuestro pies, la Alhambra herida de ocaso, la luna que poco a poco se eleva y afirma en el cielo y... nosotros. Increiblemente nosotros. Incesantemente nosotros. Como éramos, como somos: seres perplejos, feroces idealistas, unidos como un fuego y la hojarasca, así de abrasados.
Al cabo de esos instantes vuelves la cara e intentas atrapar con tus dedos una lágrima que ha rodado por mi mejilla, síntoma del síndrome de Stendhal que estoy padeciendo. Luego dices:
-"No llores como una mujer lo que no supiste defender como un hombre". Yo río para simular el llanto y te respondo:
-Hay que empezar desde ya con los recursos energéticos renovables.