sábado, diciembre 12, 2015



La mañana del día de nochebuena amaneció muy fría, casi helada. A eso del mediodía las temperaturas subieron un poco y un sol muy lejano pero luminoso creó la ilusión de calor en las plazas. Pasaron las horas y una vez que el poniente anunció su promesa de sombras, allá por el Parque del Oeste, el frío sobrevino aún más recio e inclemente que al amanecer.
La gente, sin embargo, poblaba las calles. Un río de luces iluminaba los bulevares. La Gran Vía, en otro tiempo amenazada y desierta, blanco de los bombardeos de la aviación nacional, era ahora un hervidero de criaturas urgentes, de seres que caminan presurosos y hacían gran esfuerzo por no tropezar entre sí.
El ritmo de la gran ciudad es este. Nunca cesa el trajín, es la costumbre. Las mujeres observan los escaparates de las tiendas. Los hombres las acompañan, fuman, toman el vermut en una taberna cualquiera, tal vez en la taberna en que Manolete conoció a Lupe Sino o en la que Manuel Machado alimentó su dionisíaca afición al vino. Los niños cantan, gritan, inquietos como de común. De eso parece que se queja esa mujer negra, de cuyo brazo cuelga un enanito de pelo hirsuto y acaracolado. El niño pugna por desasirse de su madre, quiere ir a sentarse en el sillón del betunero. El betunero está recogiendo sus cremas, hormas, cepillos, el modesto trono, todo el puestecillo al que llama con cierta sorna ‘mi pequeña empresa ambulante’.
Francisco, que así se llama este betunero, se instala estratégicamente a la entrada del Cine Capitol, uno de los pocos cines legendarios que aún quedan en Gran Vía. Ejerce la profesión con histórico orgullo y prefiere, a limpiabotas, llamarse betunero, del mismo modo que el dentista desprecia el término sacamuelas o el mecánico aprieta tornillos. Él dice que frente a la tecnificación en los procesos de producción y las nuevas tecnologías invadiéndolo todo, los viejos oficios ambulantes como el suyo mantienen cierta significación filantrópica y una finalidad de conservación de la identidad cultural.
Son las nueve y Francisco se dirige hacia su casa, un estudio en una sola pieza situada en Tirso de Molina. Se va quejando del frío, tal vez vaya un poco malhumorado de saber que nadie le espera una noche como esta. Al bajar por la calle Montera suena su teléfono. Cinco minutos después cambia de sentido bruscamente, algo ha pasado. Se dirige de nuevo a Gran Vía en busca de un taxi. Dos lágrimas muy agrias le queman la cara. Era su tía Paloma:
-Paco, tengo una mala noticia que darte, tu madre…
Ahora va apesadumbrado, confuso, no sabe qué frío es cual, uno le hiela la cara, las manos, el otro la sangre. Es cierto que esperaba la noticia de un momento a otro, los 95 años eran enfermedad que no tenía cura, pero la muerte de una persona querida siempre nos coge de sorpresa  por muy fino y frágil que fuera el hilo de su vida y por muy afiladas que estuvieran las tijeras de la parca.
Ángeles, su madre, había sido una mujer muy del Régimen, conservadora en sus ideas, católica en sus creencias, tradicional en su educación. Una conducta intachable y discreta había marcado su vida en un amplio piso del castizo distrito de Chamberí. Casó muy jovencita con un alto cargo del ejército que al poco se convirtió en uno de los líderes de la rebelión militar del 36. En el 37 enviudó. Un misterioso accidente de aviación dejó sin padre al niño que juntos querían tener. Tras ese duro golpe pensó que debía hacer algo y en los primeros años de la década de los 40 ingresó en el Auxilio Social, asociación de beneficiencia donde se daba un plato de sopa fascista a los niños huérfanos de la guerra.
La relación con su hijo siempre había sido difícil. Ella hubiera deseado otro camino para Paquito, otra salida era posible, medios no le habían faltado, apoyos tampoco. Todo le venía dado, solo tenía que  seguir el guión, el mapa era claro, la ruta muy segura, el tesoro una brillante carrera de abogado,  ampliación de estudios en una prestigiosa universidad Europea o  norteamericana y luego volvería a  España a defender los valores del glorioso régimen franquista. Sin embargo la mujer vivió a disgusto. Paco se matriculó tarde y a regañadientes. Una vez licenciado no se fue a Inglaterra, ni a Estados Unidos. No hizo nada. Se dedicaba a leer y a dormir. Frecuentaba sin mucha felicidad los bajos fondos de la ciudad, los círculos literarios, los cafés de medio pelo, las casas de citas. Llevó una existencia un tanto fantasmal, muy distante de todo y de todos; incluso llegó a creerse, no un muerto, pero sí menos real que aquello que lo rodeaba: una ciudad sórdida y llena de contrastes, donde en unos barrios las tabernas rebosaban de alboroto y fiesta (toreros, artistas, famosos…) y en otros, como en Ventas, la gente se consumía en cárceles inhóspitas. Pasaron los años y un día decidió, algo muy incomprensible para doña Ángeles, matricularse en  Historia. Eran los primeros años de los setenta, el ambiente andaba muy crispado y no había disturbio, revuelta o manifestación que a Francisco resultara ajena. Andaba inmiscuido en las asambleas estudiantiles y en los sindicatos que éstas alentaron. En más de una ocasión tuvo Ángeles que acudir a comisaría a salvar a su niño del oprobio de verse detenido (y tal vez encarcelado) invocando con el índice apuntando al cielo el respetadísimo nombre de su difunto esposo. La historia de cómo pasó de licenciado en Derecho e Historia a limpiabotas es una historia de rebeldía familiar y de una especie de nihilismo existencial.
La mañana del día 4 de enero ha amanecido muy lluviosa. Después de un verano caluroso y un otoño seco el agua se había convertido en un recuerdo, en una nostalgia casi. Pero esta mañana, las hojas de los árboles parece que ríen al contacto fresco y húmedo de la lluvia, sus troncos se limpian de una pátina monóxido que tan desangelados y deprimidos los tienen. Porque los árboles también se pueden deprimir, basta que observemos sus ramas alicaídas, sus hojas sin color, su tronco mugriento y sucio, y aunque en su aspecto externo no lo advirtamos, en su fuero interno padecen enfermedades espantosas, la sabia está infecta, corrompida por lo que sale de los tubos de escape.
Francisco está en casa de su madre. Su tía paloma le muestra los objetos de la difunta para que se lleve lo que quiera. Ahora la tía dice que saldrá a hacer unas compras para el almuerzo. Francisco se queda solo, la cara apoyada en las manos. No sabe qué hacer. Abre un cajón. Crema de manos, un rosario, un viejo reloj, un cofrecillo de madera adornado con caracolas, dentro collares, pulseras y un anillo. Despierta su curiosidad una carpeta clasificadora con un encabezamiento que dice: “Auxilio Social”. La abre y encuentra recortes de periódicos, del “Arriba”, todos los artículos hacen referencia al “Auxilio Social”. En cada archivo ordenado cronológicamente por años desde 1940 hay un listado mecanografiado de los niños republicanos que ingresaron en el hospicio del Auxilio y al margen de cada nombre aparece escrito a mano la procedencia de cada uno, su fecha aproximada de nacimiento, sus nombres anteriores de republicanos y sus nuevos nombres de criaturas regeneradas y salvadas de la enfermedad comunista. De pronto ha acudidido a su cabeza una sospecha, un negro presentimiento a su corazón.
Fuera, la lluvia golpea furiosamente los aleros, a los nueve segundos del relumbre del relámpago retumba el trueno. Se va la luz. En esta penumbra se le encienden todas las llamas de la mente. No es posible-se dice, cuando comprende que realmente sí lo es. La luz de la  lámpara vuelve a encenderse. Retoma la lectura de la carpeta que le dirá quién es y quién no ha sido en absoluto. El dedo viaja nervioso entre los nombres, entre las páginas, 1941, 1942, 1943…, en el listado correspondiente al año 1947 contempla su nombre. Al margen se lee “Hilario Rodríguez Galán. Hijo de Federico y Dolores, el primero fallecido en 1938 en el Ebro, la segunda desaparecida”. Debajo, con letra muy pequeña aparece una palabra, un nombre geográfico, el del pueblo donde nació.
Muchas cosas pasan por la cabeza de Francisco el betunero, a cuál más angustiosa. La perplejidad de no ser quien ha creído ser toda la vida lo paraliza. Su madre lo había engañado, porque ocultar la realidad es una forma de engaño, quizás un engaño más profundo y consciente que la mentira corriente. Ahora puede atar cabos sueltos, ahora se comprende a sí mismo, esa desazón que lo había acompañado siempre, ese sentirse desligado de todos, ese desarraigo que se le imponía desde dentro, inconscientemente. Había querido a su madre, es cierto, pero ella nunca comprendió su actitud, no supo ver en su rebeldía el hueco deshabitado de su truncada infancia.
Francisco se dirige al pequeño despacho de la casa de su madre. Busca un mapa, no es necesario que registre de esa forma la librería, uno inmenso cuelga de una de las paredes. Está nervioso. Localiza lo que anda buscando tras una breve pesquisa. Se ducha, se afeita. Está dispuesto, lo ha decidido mientras el agua caliente le resbalaba por el cuerpo y oía el rumor de la lluvia en los batientes: se va al sur en busca de su origen.
Con ese solo pensamiento, burlando tormentas y tormentos, se echa a la calle, pide un taxi, a Renfe por favor. El tren parte puntualmente a las 6 de la tarde, a las 8:30 llegará a la capital de la comunidad sureña. Si tiene suerte a eso de las 9 podrá coger un autobús que lo lleve a la provincia vecina y una vez en el pueblo buscar un hostal donde pasar la noche. En el transcurso del viaje piensa si no ha concedido demasiada credibilidad a una carpeta abandonada, pues a fin de cuentas no es más que eso. También da en suponer que Dolores pudo haber muerto asesinada en aquellos años de dura represión. Tampoco es descabellado imaginar a Dolores embarcado hacia el exilio, a Méjico por ejemplo, o a Puerto Rico, quién sabe.
Todo es posible pero tiene que intentarlo. Siempre puede encontrar en el pueblo a  un familiar, algún conocido, algún documento, algo.
Al llegar a la estación de Santa Justa toma un taxi que lo va a llevar directamente a su destino pues considera improbable que un autobús haga ruta a ésas horas.

A las siete y media de la mañana del día de cabalgata despierta Francisco en una habitación de hotel, en una cama que no es la suya pero que le ha hecho dormir el sueño de los justos. Se ducha y sale. Las calles de este pueblo huelen a desayuno, a chimenea, a panadería, a decencia, a mundo por estrenar; estos árboles no están enfermos, esa casa parece recién encalada, el último grillo de la noche entona un son monótono, hay rosales en las jardineras, parece de mentira esa luna en el altozano, qué silencio…, pero no, gallo de la aurora, no rehúses cantar, alza tu clarín de plata, dinos el nuevo día; y tú, alegre campana, salúdanos desde tu puesto privilegiado, muy buenos días pueblo de sierra.
Francisco pasea para hacer tiempo, desayuna en una cafetería, luego se dirige al ayuntamiento. Lo atiende una mujer de mediana edad que se queda pensativa cuando le pregunta por Dolores Galán. Se levanta y va a hablar con el secretario. Luego vuelve con el último censo de población en la mano.
-Hay dos personas registradas con ese nombre: la primera nacida en 1920, la segunda en 1979.
-Por favor dígame algo sobre la primera.
-Llamada Dolores, viuda desde 1938, su marido murió en la guerra. Tres años después se la dio por desaparecida. Con el paso del tiempo hemos sabido en este ayuntamiento que Dolores embarcó hacia Argentina. En el año 78 volvió a pasar una temporada en el pueblo. Compró un cortijo situado en una pequeña urbanización a tres kilómetros de aquí donde pasaba las vacaciones, pero las temporadas en él se fueron prolongando, hasta hoy que está completamente instalada con su marido que es argentino. A veces viene a verla su hija y familia. Ya es muy anciana pero aún se le ve en el pueblo haciendo alguna compra.
-No necesito saber más, muchas gracias, han sido muy amables.
Francisco, visiblemente emocionado, camina en dirección a la urbanización. Al cabo de media hora se encuentra con un cruce de caminos en el que se distingue una venta. En ella vuelve a preguntar por Dolores. El ventero le señala una “colá” paralela a la carretera que le conducirá hasta un caserío enjalbegado, con  ventanas  de color verde, frente al cual, una vez cruzada la carretera, hallará un cortijo cercado de balaustradas blancas. 
-Allí vive esa mujer que me dice. En estos pueblos tan pequeños todo el mundo se conoce, amigo. 
-Gracias a Dios que es así-, piensa Francisco. 
El chalé está guardado por un perro pequeño que sale a su encuentro con una bravura inversamente proporcional a su tamaño. Los ladridos incitan a dos niños a salir de la casa y llegan hasta él. Un anciano se queda entre las jambas de la puerta, una mujer de la misma edad mira tras una ventana acristalada. No es costumbre que un desconocido pase por allí.
Hola,-dice Francisco.
Hola,- responde el hombre sin acercarse y sin mover un pié del umbral de la puerta. El silencio se hace incómodo.
-Mire usted, me llamo Francisco, bueno no, eso creía hasta que… ¿vive aquí Dolores Galán?
-Si, es mi mujer ¿qué querés vos de ella?,
-Pues me gustaría, cómo decirle, preguntarle una única cosa ¿puedo pasar?
Dolores ha oído la conversación desde dentro y en este punto sale a escena:
-Yo soy Dolores, formule usted esa pregunta y haga el favor de marcharse.
-Enseguida señora, ¿ha conocido usted a alguna persona llamada Hilario, Hilario Rodríguez Galán? Ese es mi nombre..
A la anciana le cambia la cara, las manos sarmentosas buscan apoyo donde poder contener los temblores, la mirada se le pierde en un punto indeterminado, los ojos parecen dos sombras, como si no viera a través de ellos o como si estuvieran mirando hacia dentro y no hacia fuera. Un escalofrío le recorre el cuerpo y siente emoción y miedo al mismo tiempo.
-No, no recuerdo a nadie con ese nombre, ¡márchese por favor!
Francisco queda desilusionado y con la actitud glacial de las personas que tiene frente a sí y que lo miran con curiosidad pero desde una lejanía embarazosa.
-Nada más, perdonen las molestias y gracias por responder  a mi pregunta.
Se ha dado la vuelta y ya se va. Ideas contradictorias pasan por su cabeza. Se siente ridículo y torpe, ¿cómo ha podido creer semejante cuento?¿cómo ha caído en la torpeza de viajar hasta allí buscando una madre desconocida, tal vez ficticia?¿acaso estas historias no son cosa de películas y de cuentos de navidad en los que todos acaban muy felices reunidos al calor de la lumbre en la casa familiar? No se perdona a sí mismo la ingenuidad, las ilusiones fundadas, la creencia gratuita en un sueño tan vaporoso e irreal. Ahora volverá a la ciudad, a su pequeño reducto en Tirso de Molina, a sus zapatos en Gran Vía..
-¡Señor, señor, espere!-le dice un niño rubio y en bicicleta- mi abuelita  quiere que vuelva, que ha olvidado usted algo.

Están todos reunidos alrededor de la mesa: Dígame señora, qué es lo que he olvidado.
No, no eres tú el que ha olvidado algo hijo, soy yo.
Las lágrimas ruedan por los rostros, la rabia se mezclada con la alegría..
Siéntate hijo mío, hay dos vidas que contar.
La noche buena fue una mala noche, el día de navidad no trajo nacimiento sino muerte pero la noche de reyes una mujer y un hombre han recibido el mejor regalo que pudieran imaginar. Esta es su historia, pero también es la historia de un encuentro casual, un encuentro que no llegó a producirse para tantas y tantas personas separadas por las crueles circunstancias históricas de un país castigado por odios y rencores. Vidas escindidas por la iniquidad de unos gobernantes vehementes, niños separados de sus madres por una idea macabra.
Dadas las circunstancias de sus vidas es triste pensarlo, pero esta madre y este hijo deben sentirse afortunados.




















UN ENCUENTRO CASUAL





















UN ENCUENTRO CASUAL





José Luis Rodríguez Mulero

c/ Teniente Peñalver, 69
Prado del Rey
(Cádiz)

martes, octubre 20, 2015

La Editorial Funambulista recopila en un volumen una cincuentena de cartas que Pessoa dirigió a Ophélia Queiroz, una mecanógrafa de las oficinas de la Baixa lisboeta donde él traducía correspondencia comercial.  En su corta vida -1888-1935- Pessoa solo tuvo un amor, Ofelia. Se conocen en 1920 y mantendrán el noviazgo solo en dos cortos periodos de tiempo, el mismo que abarcan las cartas: De 1 de Mayo a 29 de Noviembre de 1920 y de 11 de Setiembre de 1929 a 11 de enero de 1930.

Ha sido una lectura intensa, uno se queda verdaderamente impresionado con la naturaleza de esa historia de amor y del personaje Pessoa, su ternura, su originalidad, sus manías.. de manera que cuando termina de leer se ve invadido por una especie de nostalgia (saudade) como la que se siente ante un personaje entrañable como Don Quijote. 

La primera parte del epistolario (7 meses) trasluce una relación de amor un tanto ingenua, caracterizada por la ilusión y la infantilización del lenguaje. Ésta se acaba cuando Ofelia exige, se impacienta y quiere que Fernando sea un novio "formal".

Durante 9 años no se ven ni se escriben y un día cae en manos de Ofelia la siguiente foto:
El poeta se entera de que ella está interesada en tener una copia y de seguido se la envía con la siguiente dedicatoria:

"Fernando Pessoa. En flagrante delitro" 

Nótese el sentido del humor, la ironía y el juego de palabras "delitro"..

        A partir de aquí se reanudan la relación y las cartas, pero durará solo cinco meses. Pessoa ha envejecido precozmente, está gordo, probablemente  a causa del aguardiente, además tiene accesos de locura, de genialidad, sufre neurastenia, trastorno multipolar.. se obsesiona con su obra, plagada de heterónimos, 72 en total. Se vuelve más solitario "ser poeta no es una ambición mía, es mi manera de estar solo". En las cartas firmadas como Álvaro do Campo se muestra incisivo y original, las firmadas como F.P. más cariñoso; aunque cada vez se espacian más sus cartas (3 por 10 de las de ella), y son más recurrentes los reproches de la enamorada que termina por dar la relación por imposible.
      Fernando Pessoa morirá 5 años después de una crisis hepática. Ofelia se casa al poco tiempo, tiene hijos y vive una larga vida que se extiende hasta 1991. Poco antes de morir, Ofelia declarará en una entrevista  que si bien respetó a la persona con la que ha compartió su vida, siempre lo ha considerado un amigo pues el amor de su vida fue Fernando António Nogueira Pessoa.

www.youtube.com/watch?v=5WN_QT7NlRM
www.youtube.com/watch?v=xuyQzj9bEOo

jueves, octubre 08, 2015

Muse - Psycho



 LA gira Drones llega a Madrid el próximo 5  de Mayo 

El hombre feliz

Un día el rey más poderoso de la época se decidió por fin, tras largos años de infructuosos tratamientos por parte de la legión de médicos que le atendían de su extraña dolencia, a consultar a un Sufi que vivía en las afueras de la capital. El sabio accedió a acompañar al emir y cuando estuvo en presencia del ilustre soberano, pasó un buen rato en silencio observándolo. Luego, haciendo ya el gesto de irse, dijo:

“Poderoso señor, todas vuestras dolencias desaparecerán al instante de vestiros la camisa que lleva el hombre feliz”

Consternado el monarca apenas acertó a preguntarle a voz en grito, cuando el viejo sabio iba ya a salir de la enorme sala. “¿Dónde está ese hombre? ¿Cómo puedo encontrarle?”

“No teneis más que enviar emisarios a buscarlo”, respondió el Sufí desde el pasillo.

El rey actuó de inmediato y envió a todos sus emires a recorrer el país. Los altos dignatarios fueron preguntando a todo ciudadano si era el hombre feliz, y cuando el interrogado respondía negativamente seguían buscando. Pasaron los años. Por fin el emir más diestro, fuerte y paciente regresó a palacio, exhausto, desfallecido y con el semblante ciertamente turbado.

El rey inquirió: “¿Has encontrado por fin al hombre feliz?”

“Sí, majestad”, respondió el buen servidor, “en efecto lo he encontrado; vive en los confines de vuestro reino, en lo alto de las montañas más altas”.

“¿Le habéis, pues, colmado de tesoros a cambio de su camisa?”

“Majestad:”, el canciller se tomó su tiempo en responder, lanzó un largo suspiro y concluyó, “el hombre feliz es tan pobre que no tiene ni camisa”

El hombre feliz
León TOLSTOI

viernes, octubre 02, 2015

https://www.youtube.com/watch?v=mgIEbmsiDM8&index=3&list=RDDnqZXYkmTUU

lunes, agosto 24, 2015

TIEMPOS DE EGOLATRÍA

Yo,
Tú, yo.
Él y ella, yo.
Nosotros, yo
Vosotros, yo
Ellos no.
¡YO!
Nada puede ir del todo bien en el mundo cuando los hombres tienen que ser gobernados con mentiras.

miércoles, agosto 19, 2015

La profesora estaba explicando los lenguajes documentales, las diferencias entre lenguaje natural y lenguaje controlado. Quiso ilustrar su explicación con ejemplos. Ejemplo de lenguaje controlado pues el tesauro o la Clasificación Decimal Universal ("CDU" para los del gremio), bien. Ejemplos de lenguaje natural... aquí se metió en un callejón sin salida buena. Lenguaje natural, que es el lenguaje tal cual aparece en los documentos, no necesitaba explicación ni ejemplos groseros. Quería demosrtarnos cómo ciertas palabras, expresiones del lenguaje natural, no podían traducirse al lenguaje controlado. Habló del andaluz como un defecto del castellano, algo casi vergonzoso; llegó a decir que hablabamos fatal, sobre todo los de la parte occidental. Preguntó si había algún "caditano" en la clase. Lo de "caditano" me chirrió pero aun así levanté la mano, claro, sin imaginarme lo que venía. Me propuso delante de toda la clase que me pusiera a hablar como hablo, como hablaba entonces, como se supone que habla un gaditanito recién salido de su pueblo de provincia. La clase expectante. Ella sonreía incluso antes de que yo abriera la boca pero no reparaba en que, además de ridícula, la situación no podía ser más embarazosa para mí. Y esto para qué- es lo que yo me preguntaba. Pues no sé si fue la timidez, el orgullo o la susceptibilidad lo que hizo que de mi boca no saliera palabra y sí me levantara y me fuera de clase antes de que esta acabase. La única vez creo que lo he hecho.

martes, julio 28, 2015

Un sistema donde el gobernante fuera lo menos gobernante posible, y el gobernado lo menos gobernado

miércoles, julio 22, 2015





    • Inicio de la conversación 15 de agosto de 2014
    • 15/08/2014 13:51
    • José Luis
      06/07/2015 15:13
      José Luis


      Hola Juan José, acabo de terminar tu maravilloso "Paco de Lucía, el hijo de la portuguesa".

      Hay algo que desde luego no es lo que más me importa de su biografía pero sin embargo es lo que me despierta más dudas
    • José Luis
      06/07/2015 15:19
      José Luis


      y es si fue justa su familia, los Sánchez, en cuanto a los derechos de autor. ¿Camarón se quejó en informe semanal con o sin razón?

      He leido también, "Camarón, biografía de un mito / Luis Fernández Zaurín y José Candado"

      y la versión es distinta a la tuya y a la de Francisco Perejil
    • José Luis
      06/07/2015 16:01
      José Luis


      gracias
  • Juan José Téllez
    07/07/2015 8:23
    Juan José Téllez


    Luis Fernández Zaurín y José Candado sostienen la tesis de Dolores Montoya, "Chispa", quien ya asume que Camarón carece de otros derechos de autor que no sean los derivados de las 17 letras que él registró a su nombre. Actualmente, ella sostiene que Camarón, al menos, inspiró esas letras y sus derechos tendrían que ser compartidos por Pepe de Lucía, los herederos de Paco y otros autores. Claro que, por esa regla de tres, a la inversa, si Paco inspiró también indudablemente a Camarón, merecería al menos la mitad de sus royalties discográficos. Todo esto es un disparate legal, alentado por la indudable pasión que le pone Chispa a sus creencias. Que cada cual extraiga sus consecuencias. En mi libro, lo único que he intentado es recopilar los principales datos del caso. No soy juez, pero soy parte. Es decir, creo que Paco tenía razón y que a Camarón, en aquellas declaraciones en Informe Semanal, le habían puesto por delante el señuelo de una suma estratosférica por una obra sobre la que él no tenía derechos. Suponga que usted vive en una casa formidable y que alguien se la pretende comprar por una millonada, hasta que se piden las escrituras y usted sólo es propietario de una mínima parte de la vivienda que habita. Un abrazo.

viernes, junio 05, 2015

Después de todo, todo ha sido nada,
a pesar de que un día lo fue todo.
Después de nada, o después de todo
supe que todo no era más que nada.

Grito «¡Todo!», y el eco dice «¡Nada!».
Grito «¡Nada!», y el eco dice «¡Todo!».
Ahora sé que la nada lo era todo,
y todo era ceniza de la nada.

No queda nada de lo que fue nada.
(Era ilusión lo que creía todo
y que, en definitiva, era la nada.)

Qué más da que la nada fuera nada
si más nada será, después de todo,
después de tanto todo para nada.

miércoles, junio 03, 2015

¿Cuál fue mi último gran viaje? El día que me miré por dentro y supe que no solo era a veces un buen tipo sino que también escondía a algún que otro canalla.

martes, junio 02, 2015







          Conscientes de que es imposible la objetividad (máxime cuando se trata de narrar una vida) y de que la objetividad en ocasiones ni siquiera resulta interesante o atractiva a la lectura; hay que asumir que es esa misma  objetividad, sin embargo, lo que más se valora y prestigia en este género literario llamado biografía.

Leyendo la presente uno observa cómo en ella se ha conseguido aquello que en webs, biopics y prensa no se ha conseguido: la ecuanimidad y en consecuencia la verosimilitud. Su figura, la de Camarón, dada o bien al fanatismo mitómano o al desprecio ignorante casi nunca se había tratado cabalmente y sin exageraciones; es decir, llamando a cada cosa por su nombre.

Creo que se le hace justicia a la familia de Paco de Lucía, siempre honrada con el gitano en lo referente a derechos de autor y en todo lo demás como una familia para él. Creo que también es justo que se hable de la hija no reconocida del de la Isla de sus años madrileños, y de la imprudencia temeraria de Camarón que causó la muerte de dos personas en un accidente de tráfico. Plagada de anécdotas curiosas y aspectos desconocidos. Lo he pasado muy bien.



sábado, mayo 30, 2015

Cosas que parecen de este mundo pero no lo son

https://www.youtube.com/watch?v=UG5xwGCKYB0

martes, abril 14, 2015

El Principe di Torremuzza se enamora de una aldeana en su andadura oscilante por Cefalú


Me bastarían sus manos o sus dientes en sonrisa,
su pelo cascada azabache o el óvalo de su semblante albo;
me bastaría el hilo de oro de sus palabras
para ser perfectamente dichoso, impecablemente feliz.

Cefalú, cuando nuestras manos las falanges de sus dedos rozan,
se vuelve breve espejismo, que es tanto como decir
Utopía,
      Arcadia o
            locus amoenus:
con el mar verde azulado a cuya orilla leimos poemas de  san Agustín y
una peña calcárea por la que descienden macizos de dalias.

Llega el invierno a Cefalú.
En un cuartito feliz del puerto de pescadores
suena melodiosa una canción de sábanas.
La tengo hoy y
he de quererla
mal que a veces me pese
porque me hace
                     completo
                           e innecesitado.

miércoles, enero 07, 2015

 
Benjamín Prado es un escritor esencialmente aforístico. Vierte sus aforismos como oro líquido en los diferentes moldes: novela, artículos, ensayos, poesía... a mi parecer con desiguales resultados que van desde lo excelente a lo sublime.
Un ensayo inteligente, lúcido que airea los vicios de la España más reciente, los males esporádicos y también los crónicos o endémicos: el "fetichismo del origen" o nacionalismo, la "paletería satisfecha", la "grosería populista", el "narcisismo quejumbroso, exigente y necesitado siempre de halago y no de responsabilidad"; el "pánico español a distinguirse de lo mayoritario y a no contar con el cobijo de un grupo que es una de las razones de nuestra hipocresía civil" pues "no aceptarán que te apartes ni un milímetro de la ortodoxia que ellos mismos marcan", "el castigo del desvío es el San Benito y el anatema" . Los españoles "disculpamos y celebramos la grosería porque nos parece más verdadera". La envidia, la codicia.

miércoles, diciembre 24, 2014


"Thus bad begins and worse remains behind"  este verso de Shakespeare que se traduce por "Así empieza lo malo y lo peor queda atrás"da título, uno más, a la reciente novela de Javier Marías. Es una frase que leemos en varios momentos de la novela, el más significativo ese en que Beatriz Noguera se suicida.

El argumento de la novela puede ser el siguiente: el joven Juan de Vere trabaja como secretario  y traductor en casa de Eduardo Muriel, un director de cine de segunda fila cuya relación con su mujer se basa en el rechazo, el desprecio y la súplica por una falta que ella cometió en el pasado.  Juan, el personaje desde el cual nos es relatada la historia, recibe a su vez el encargo de sonsacar a un amigo  de Muriel, el doctor Van Vechten, acerca de unas supuestas actuaciones de abuso con mujeres durante el franquismo.

Ese parece ser uno de los temas centrales de la novela y del autor: la necesidad de hurgar y juzgar el pasado de las personas o, por contra, la conveniencia del olvido. Cómo la ocultación de un hecho del pasado de alguien puede condicionar y modificar toda su vida. Otros temas tratados son la amistad y su fidelidad más allá de las circunstancias, el deseo, el amor, el sexo, el paso del tiempo, el abuso de poder de los vencedores de la guerra civil, el orgullo de los vencidos en la postguerra, la rentabilidad del victimismo en el presente, el poder de la rumorología en el concierto social porque "uno tiende a creer lo que se le relata".

domingo, septiembre 21, 2014

 Está basada en la autobiografía de Solomon, un mulato afroamericano nacido libre en el estado de Nueva York que fue secuestrado en el Distrito de Columbia en 1841 para ser vendido como esclavo y que trabajó en plantaciones en Lousiana durante 12 años hasta su liberación.

Peli dura, al borde de lo que la sensibilidad acepta; pero eso sí, muy bien ambientada, vestuario, escenarios... preciosa.
El director no juzga al personaje ni sus decisiones. Isabelle no es prostituta por razones económicas. Es más bien una experiencia, una forma de rebeldía de una chica con una vida perfecta; aunque las razones que llevan a la joven a verse con hombres mayores (por un alto precio, el equivalente a su belleza) quedan un poco difuminadas. No busca el placer sexual, lo que le gusta es la excitación de guardar un oscuro secreto.

Impresionante la protagonista, cómo logra transmitirnos emociones a través del lenguaje gestual
Falso biopic de Dave Van Ronk por los hemanos Cohen. No tiene mucho argumento pero se respira una época, un lugar y un movimiento cultural. Rezuma Bob Dylan, Dave Van Ronk por todos sus fotogramas, y el Village, y el Gaslight, uno de los garitos donde los primeros cantautores folk actuaban por lo que diera la gorra. Es la época acústica pre-Beatles, luego vendría el Rock. Greenwich Village por aquel entonces fue un hervidero de cultura y bohemia, frecuentado por hipsters y beatniks en horas bajas.

lunes, agosto 11, 2014

Esta novelita es un poco atípica dentro del conjunto de la obra de Galdós, por el enfoque del tema y por no poderse encuadrar dentro del Realismo ni del Naturalismo, novela de tesis o novela histórica.

Nos cuenta la historia de Tristana, una linda y virtuosa señorita cuyo padre al morir confía su tutela a Don Lope, personaje donjuanesco en horas bajas que la tiraniza hasta deshonrarla. Pero sucede algo previsible y es que Tristana se enamora de un joven, Horacio, y a espaldas de Don Lope sobrellevan un noviazgo solo interrumpido por un inevitable viaje familiar del joven. En su ausencia Tristana cae enferma y le amputan una pierna. En un primer momento Horacio se conmisera de ella pero al poco muestra desinterés y Tristana cae abatida y se desenamora cuando él vuelve.

La fantasmagoría del amor queda en evidencia, la realidad los conduce a él hacia otra mujer y a ella a resignarse a Don Lope.

La dificultad de ser mujer en un tiempo y en un país como el que denuncia Galdós, aun sin establecer una tesis, sin tomar partido, solo describiendo unos hechos con magnífica verosimilitud.

Mujer moderna Tristana, a imagen de la Isabel Archer de Henry James.

"Aborrecía del matrimonio, teníalo por la más espantosa fórmula de esclavitud"

 "Ilusión cursi, buena para horteras" (matrimonio)

Mujer que aspira a ser autosuficiente y a vivir, enamorada e independiente, de una profesión artística.

Diferencia: Isabel Archer lucha y consuma ese ideal. Tristana lucha por su ideal pero le sobreviene la tragedia.

lunes, julio 21, 2014


Esta poesía vive en la playa, en la superficie hermética de bruma y luz de una playa en otoño; es piedra lavada pero tenaz contra el desgaste, vientos que arrancan silbos de sol, áureos y minúsculos granos de arena cuya esencia mineral es símbolo de todo lo existente.

Mediante un monólogo prolongado que se frangmenta en distintos poemas con entidad poética propia pero que engarzan un totum poeticum conceptual y unitario el poeta nos pretende revelar lo absoluto mediante la reflexión en torno a una piedra arrastrada a la orilla. Gaditano, conocedor del mar, canta al escarabajo que escribe en la arena, a la imagen extraña de un mirlo junto al mar, al vacio, y a la finitud.

Entrelineas se lee otro libro con un mar más brumoso y menos visual. Por dentro o por debajo resuena otro eco absolutamente doliente: algo que no se consuma y que consume al poeta, una queja existencial, un no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, un canto a la piedra que no siente pero perdura en el tiempo (por contraposición al ser que deviene en nada), la conciencia lacerante de ser menos que una piedra, de ser nada.

lunes, julio 07, 2014

 
 
A pesar de la polémica y del revuelo mediático que ha provocado este libro, la línea de pensamiento que sigue no es completamente nueva. La tesis que apoya dista muy poco de la de "Anatomía de un instante" de Javier Cercas.  El Rey pidió la dimisión a Suárez, luego indujo el golpe de estado del 23 f. Borboneó con Arias Navarro y luego con Suárez. Suárez luchó por una democracia real y la defendió por encima de sus propias ambiciones personales y también por encima del Rey, dignidad muy rara la suya siendo político.
 
A ratos parece una novela negra: pistoleros de la Triple A, de Fuerza Nueva, asesinatos de los abogados laboralistas de la calle Atocha, militares que amenazan pistola en la mesa al mismo presidente del gobierno para coaccionarlo, golpe de estado, conspiraciones. Monarquía como poder fáctico, el poder militar postfranquista nostálgico y reacio a supeditarse constitucionalmente al poder civil
 
Si es verdad lo que aquí se cuenta, el "Campechano" se extralimitó mucho y muy gravemente.

miércoles, junio 18, 2014

La noche tenía ese aire de derrota que se respira en la canción "Suspicious mind", que últimamente no paraba de sonar en mi cabeza. Me evocaba la visión de un Elvis de enormes gafas y atuendo de marciano interpretándola. La noche era decadente como Elvis, llovía fuerte y el viento arreciaba sobre los toldos movedizos, todo lo cual hacía recordar los mares nórdicos que nunca había visto, pero que poblaban mi imaginación desde que leí Moby-Dick. Me sentía urgido a entrar en un pub antes de irme a dormir. Subimos la calle Modesto Lafuente muy dubitativos, pensando uno en el otro más de la cuenta. Una vez en la barra del Sheridans ella se alisó el vestido y me dijo: "cariño, no te pongas zalamero". Yo me fijaba en sus labios de negra y en sus ojos mesopotámicos que parecían sugerir un "no pero sí": no lo conseguirás pero inténtalo. Así que sí, coqueteamos, la iluminé con el reflejo de mi anillo de zafiro, única herencia de mi abuelo, la cual me envió desde París cuando dejó la presidencia de las Cortes. Intenté atraerla pero sin mucha determinación, y sin un plan previo, pasando por alto el juego de seducción al que muchas veces me entregaba con disciplina. Pero no era mi día. Había recorrido medio país al volante de un coche pequeño y viejo, estaba cansado y esta pantera era lo primero que había podido encontrar. Me has hechizado, le dije, descorrió la comisura de sus labios y esbozó una de esas sonrisas que ponían al descubierto los dientes parcialmente, que lucían blancos como la nieve, y por lo demás, un blanco desacostumbrado en toda su persona. Aquella sonrisa era anterior a la creación del mundo.
La había encontrado en Atocha una hora antes, salía del restaurante en el que trabajaba.-Uhmmmm, me voy a tener que ir ya- me dijo- mañana jueves trabajo. La abordé antes de que pudiese reaccionar cognitivamente (me interesaba su subconsciente no lo que pensara o dijera, pues las primeras conversaciones con gente desconocida siempre son lo mismo: palabras dirigidas a sí propia desde su instinto de autoprotección y, sobre todo, palabras inocuas proferidas en aras de una supuesta corrección social o conforme a una ley del decoro). -Ella-decía la negra-era una mujer normal, pero de pies a cabeza. "Yo soy lo que soy, no más, una mujer normal de pies a cabeza". Mientras él observaba su nariz chata y su pelo duro como la rodilla de Robocop.
"Normal", detesto esa palabra, su significado pedestre, el tono en que se suele pronunciar y aún a aquellos que la emplean, casi siempre a la ligera y sin ningún sentido de la exactitud. Pero ella no era normal, solo había que verla.



Oh, sabes que estamos atrapados en una trampa,
no puedo salir,
porque te quiero tanto nena.

jueves, mayo 15, 2014

           Es tan gran novela, tan sobreabundante en todo tipo de méritos, tiene tan buena prensa, es tan empalagosa la crítica diciendo lo fascinante que es, que no hay manera de complacerse en ella. La quise leer con profunda atención a fin de captar lo singular y se me hizo pesada. Están muy bellamente descritas las escenas, pero el desarrollo es lento, agotador. por tanto buenísima novela...que no he disfrutado nada.
            He leído algunas obras de este autor: Papel Mojado, El desorden de tu nombre, Cuentos de adúlteros desorientados, Laura y Julio (mi favorita), Dos mujeres en Praga, El Mundo. Más allá del tema de cada una, siempre me había seducido su prosa tersa, la profundidad psicoanalítica, el sentido del humor un tanto absurdo y la técnica narrativa.

            En la mujer Loca hay de todo esto; sin embargo, desde mi punto de vista, no hay algo muy importante: sorpresa.

      Novela epistolar muy bien escrita (¿existe o ha existido quien escriba mejor que Delibes?) pero muy carca. Suena retrógrada toda esa retórica del cortejo, y arcaica esa concepción del amor desigual en que el enamorado babea ante una dama esquiva y desdeñosa.

     Eugenio, un periodista jubilado, inicia correspondencia con una mujer más joven que él a la que conoce a través de la sección de contactos de un periódico. A medida que se  suceden las cartas, Eugenio extrema su confianza con Rocío a la vez que aumenta el deseo por conocerla. Eugenio se comporta como un frusco casposo, le cuenta todo tipo de  intimidades, le cuenta su vida, la de sus hermanas y amigos; en cambio, Rocío lo reprende, le da largas y lo hace sufrir. Sobre todo cuando le envía una foto en que aparece en bikini. Aunque no conocemos las cartas de ella, de las de él se transluce lo ingrata que es Rocío, también lo insincera pues al final se descubre por una carta que le remite un amigo a Eugenio que con quien quería relaciones la señora no era con Eugenio sino con él, su amigo. La foto de la piscina era falsa y todo lo demás fingido.

La novela encierra una sátira sobre la ingenuidad del amor.

    "Me hacen gracia los andaluces siempre y cuando no sienten plaza de graciosos oficiales"-se dice en una de las cartas. Y se nos presenta una andaluza, Rocío, falsa, maliciosa y nada graciosa.

martes, abril 15, 2014

LA GORGONA MEDUSA


          
La ciudad elegida fue Vigo. No es una ciudad especialmente bella como destino veraniego pero pensaba en un hotel donde a lo lejos pudiera levantarme viendo las Islas Cíes. Ese hotel, con  gusto antiguo, estaba situado frente al puerto marítimo donde tantos y tantos gallegos marcharon a las Américas. Pasear por ese casco antiguo un tanto decrépito no consiguió estimular mucho mi ánimo pero al menos había cambiado de aires. Mientras tomaba un café observaba escrupulosamente a todo aquel que pasaba.  En aquella terraza se cruzaban niños, abuelos, jóvenes... y todos ellos me incomodaban. Me recordaban mi soledad. “Todos tienen una vida, menos yo”, pensaba para mis adentros. Y era así, no tomar decisiones, evitar sentir afecto y darlo era uno de mis mayores temores en la vida y desde luego consiguió aislarme cada vez más del mundo. En el fondo sentía envidia de todos aquellos que reían y paseaban, ya nunca volvería a ser uno de ellos. 
Envidia sana-me decía, pero esa autojustificación no me deparaba ninguna paz. Ahora no, imposible. Ante mí misma no podía fingir; además, me acordé de mis lejanas clases de latín, de un texto en que aparecía una variante de oxímoron: la Contradictio in adjecto. Pues eso, lo de “envidia sana” no era más que eso, una contradicción en el adjetivo, una lastimosa contradicción. La envidia nunca podía ser sana, si acaso moderada, por convenir en que un sentimiento así podía admitir gradación positiva.

La idea de verme a mí misma como una envidiosa, no obstante, me avergonzó. Y la perspectiva de sentirme una frustrada, una amargada de la vida me horripiló de tal forma que decidí dejar de pensar y centrarme en el mundo visible: el ventoso y soleado día de verano, los culos de los que paseaban por el paseo marítimo, los códigos QR en un poste publicitario o en el costado de una furgoneta frigorífica, el éxito del carril bici recientemente inaugurado en la ciudad, las transparentes gotas de agua del mar que al chocar en el rompeolas a intervalos de treinta segundos, remontaban el vuelo como canicas arrojadas al aire por la mano juguetona de un niño díscolo. Empecé a darme cuenta de que observar el exterior era mejor que no hacerlo; además, me reconciliaba con mi deseo de evitar sentir afecto y darlo, que era uno de mis mayores temores. Esto, sin embargo, no debió ser suficiente pues decidí marcharme y dejar para otro momento esa novísima actitud contemplativa ante la vida. Ni siquiera esperé a que el camarero viniera a mi mesa a entregarme la cuenta. Me dirigí hacia la barra y la pedí con una voz que no me oía desde hacía muchas horas. Carraspeé para aclarar, emití una interjección moduladora, me salió una vocecita inaudible, una especie de grito silencioso, luego un exabrupto, y por fin mi voz clara y sin arrugas. Pero al camarero todo esto le pareció una especie de jeróglífico, y me miraba como quien mira la piedra Rosetta con gafas de sol detrás de un retén de turistas chinos armados de cámaras fotográficas. La confusión se disipó enseguida. Un plato pequeño con la cuenta se deslizó sobre la vitrina del mostrador bajo el cual un bogavante con las dimensiones de un bolso de mano articulaba sus afiladas pinzas en el mismo momento que sacaba mi monedero.

Era hora de volver al hotel. Pretendía ver el atardecer desde el ventanal con vista a las Islas Cíes. Había abrigado la melancolía de ver tenderse el sol en las playas de esos islotes. ¿A qué había venido si no? Crucé una pequeña plaza, pasé ante una iglesia, dos iglesias, tres iglesias, -una más y me pongo a gritar-me prometí, y lo siguiente fue una oficina de Caixa Galicia. Esto hizo que el momentáneo mal humor se transformara en asco. -Mira que es feo un cajero automático, y gris, y frio, y poco ecológico. Al pronunciar esta última palabra comencé a evocar mentalmente actos que fueran poco ecológicos: la explosión de un pozo de petróleo, una fuga de gases tóxicos en una planta nuclear, los vertidos de desechos de productos químicos al mar… pero corté la enumeración en este punto pues habían acudido a mi mente las palabras de un humorista de moda: “no hay cosa menos ecológica en el mundo que pegarle a una foca con un lince ibérico”.  

Había demasiados cajeros automáticos. Los centros históricos de las ciudades de nuestro país poco distaban unos de los otros por culpa, entre otras cosas, de la presencia de esas terribles máquinas que escupen dinero y te preguntan indiscreta, cansinamente en qué idioma deseas operar, como si nos fuese dado aprender uno, dos, tres idiomas distintos de una vez para otra. Un anciano tecleaba su número pin con la mano derecha, mientras con la zurda  protegía el dígito secreto de miradas indiscretas, o peor, de cámaras ocultas. Me conmovió esta imagen: la imagen de la inseguridad ciudadana, del miedo, de la vulnerabilidad amenazada, la imagen desvalida de la desconfianza. Y como queriendo huir de ella doblé hacia la perpendicular, una calle ancha y peatonal donde se oía el tema “Romance in Durango” interpretada por una joven artista callejero. Por lo general los artistas callejeros destrozan aquella canción que tocan, pero, ciertamente, este no lo hacía mal:

                                             No llores mi querida
                                             Dios nos vigila
                                             Soon the horse will take us to Durango
                                             Agarrame mi vida
                                             Soon the desert will be gone
                                             Soon you will be dancing the fandango
.

Un policía municipal le hacía gestos de que parara y lo conminaba a acompañarlo, allí no podía estar. ¡Era increíble aceptar que fuera eso lo que daba mala imagen en el centro de la ciudad! Un poco violentada y sin ninguna razón para el optimismo me metí en un bar de copas, también urgida por la necesidad de sustituir esas visiones y esos pensamientos por otros nuevos y, a poder ser, de otra laya. Eran las ocho menos cuarto de la tarde, aún podía entretenerme una hora más hasta volver al hotel.

El pub se llamaba “20 Century Rock”. Estaba iluminado con luces naranjas. A primer golpe de vista divisé un jukebox de los años 70, una máquina expendedora de coca cola también de los años 70. En los laterales se disponían unos divanes de escay color bermellón de difícil datación; además, colgaban guitarras acústicas del techo. Chocaba la presencia de una Harley en una esquina donde hubiera sido más evidente encontrar un escenario con un solitario músico de country. Definitivamente, Johnny Cash redivivo andaba en el ambiente.

Aun era temprano, en el 20 Century no había nadie, ni barman siquiera. Mejor así, podría mantener mi cómoda actitud pusilánime y evasiva. La cortina estaba en movimiento detrás de la barra. De un momento a otro - imaginé- aparecería un macilento sesentón, calvo y con melena blanca, un ojo con glaucoma y el cuerpo invadido de tatuajes. Era como esperar a que el waiter fuera el primo de Johnny Winter, pero no. Apareció una preciosa mujer de 34 años con el pelo muy rizado, ensortijado podría decirse, y los ojos vivaces. Llevaba sombrero tejano y camiseta corta que revelaba al aire un vientre lisa y llanamente perfecto. Justo debajo del ombligo llevaba tatuado un caballo alado.
- ¿qué le pongo?
- Four Roses con Seven up en vaso ancho, por favor-respondí, clavando la mirada en la figura de un indio cheroqui esculpido en madera de cerezo americano.
- Te vale sprite?- balbució la camarera con suma suavidad pues adivinaba la timidez de la clienta
- No. Con coca cola entonces- dije sonrojándome como si hubiera algo hostil y destructivo en mis palabras.

Al día siguiente volví al 20 Century después de haberme tomado tres Four Roses con Seven Up en el bar del hotel, por supuesto, sin mediar palabra con nadie. Luego había caminado por las calles sin un rumbo fijo, a la deriva, merced a mis atormentados pensamientos. Si hubiera logrado olvidarme por un instante de mí misma habría sido feliz. Entré en un establecimiento de comida iraní para llevar. Comí un kebab preparado con arroz jazmín y pollo, sentada junto a la estatua de un militar a caballo. Lloré como se llora cuando una no se siente observada, con toda sinceridad. Después volví al 20 Century. Estaba a punto de cerrar pero la camarera del día anterior me sirvió un Four Roses en vaso ancho. No hablábamos, solo bebíamos. La camarera también. La situación sin ser ridícula tampoco parecía natural.
-¿El servicio, por favor?
- al fondo, a la izquierda-me dijo con  los ojos muy abiertos. De inmediato salió de la barra y cerró las puertas del establecimiento.
- Ah, ya cierras, enseguida vuelvo, necesito ponerme sombra de ojos

Entré en el servicio, saqué del bolso un estuche con pinturas, un pintalabios carmesí, rimel, un lápiz y colorete. Con todo ese arsenal sobre el lavabo me dispuse a la labor de reconstrucción. Había llorado, tenía un aspecto deplorable. Con el lápiz dibujé los contornos. Maquillar mi inseguridad me hacía sentir menos indefensa. Elegí sombra negra que es la que mejor contraste hace con mis ojos verdes. Me estudié el semblante, los gestos. Sonreía, entrecerraba los ojos y abría la boca evaluando el trabajo realizado y el posible impacto que iba a causar sobre la primera persona que me viera; porque la mujer que era recién pintada era una mujer nueva, desprovista de pasado. Nunca se tienen dos oportunidades de dar una primera buena impresión. Me apliqué colorete en las mejillas y me pinté los labios meticulosamente, abandonándome a la ilusión de que conocería a alguien importante en mi vida, de que unos ojos ávidos, deseosos se posarían en los míos.

La metamorfosis estaba casi por completar. Me retoqué el pelo, me incliné, acerqué la cara al espejo y me miré fijamente a los ojos y lo que vi me dejó perfectamente turbada. A mi espalda la camarera de pelo rizado me clavaba sus ojos astutos con un gesto de furia inexplicable, entre agresiva y lasciva. Era el gesto del atrevimiento, el de la total entrega a un riesgo ya asumido otras veces. Una mano en el pomo cerraba la puerta, la otra acariciaba los muslos de la mujer que aun sostenía una barra de labios entre sus dedos. La lujuria de la camarera consistía en actuar y no abrir la boca, en su silencio pertinaz. Yo, por mi parte, me sorprendí callando con más propiedad aún, pues era la receptora y la víctima. Pero… ¿víctima de qué? ¿de quién? ¿de mí misma? Era presa de mi carácter en el cual no había ningún futuro. No me atrevía a hacer frente a nada, ni siquiera a mis deseos, ni siquiera a aquella que ahora mordía mi cuello y besaba mi hombro hasta hacerme estremecer. Tampoco me atrevía a volverme, la observaba a través del reflejo del espejo. Qué miedo el mío. Me había bajado la falda, me desnudaba con una firmeza en que era perceptible un ansia reprimida, la codicia de la carne. Me abría las piernas, me chupaba, manoseaba mis pechos intocados, mi culo redondo como un día de verano. Aquellas horrendas madejas de pelo rizoso cosquilleaban por mi espalda una y otra vez, la lengua larguísima se afanaba en las caderas, en el sexo. Pero no me hubiera vuelto así me hubieran sodomizado. Temía que al volverme quedara petrificada de espanto. Temía que restallara en mi dorso, como un látigo, una insoportable verdad. Temía que la visión de la realidad me estallara en la cara en mil dolores pequeños. El temor y la autocompasión me hicieron llorar como una Magdalena. Y las lágrimas fueron la cristalización de mi entrega, la supuración de todos mis complejos, el desahogo a la tensión acumulada. Limpia ya de todo mi pasado, levanté las rodillas para dejar la falda y las bragas caer, despojándome así de lo que quedaba de mi amargura. Solo entonces me giré y quedé al fin frente a mi compañera. La miré con ternura y le clavé el lápiz de ojos en el cuello hasta matarla. Pegaso voló libre de su sangre.

sábado, marzo 22, 2014



El instante al que se refiere el título es el que refleja el fotograma de la cubierta; es decir, el momento, poco más de las seis de la tarde del 23 de febrero de 1981, en que guardias civiles al mando de Tejero tirotean el cielo del hemiciclo y conminan al gobierno y a los diputados a obedecer sus ordenes de irse al suelo. Todos lo hacen menos Suarez, Carrillo y Gutiérrez Mellado. El libro analiza ese momento, las vicisitudes históricas que condujeron a ese momento, el gesto de esos tres hombres, los porqués, cómos, cuándos ..

Uno se entera de que el autor del golpe no fue Tejero- mero ejecutor- sino Alfonso Armada, instructor, consejero y ex-secretario de Juan Carlos I. Uno se entera de que el CESID tuvo parte (aún se desconoce cuánta) en la logística del plan (manda eggs), de que solo se juzgó a una cuarta parte de los golpistas. Uno se entera de que el tribunal que los juzgó y los juzgados eran practicamente los mismos, de ahí que tanto Tejero como Alfonso Armada cumplieran penas tan exiguas. Uno se entera de que NADIE (prensa, partidos politicos, ejército...) condenó el golpe hasta que se supo con seguridad que había fracasado, de que el Rey paró el golpe pero no hizo nada por prevenirlo, de que los motivos que lo movían era perpetuar la corona, de que tal vez fueron los tiros (parte imprevista del plan) lo que hizo que al Borbón no le quedara más remedio que intentar abortarlo.

Febrero 1981 Aquellos militares franquistas entraron en el congreso sin obstáculos, a lo Pavía. Abrigaban la intención de secuestrar las libertades del pueblo soberano subfusil en mano y volver a un gobierno de unidad, continuador de la dictadura. Retuvieron presos a doscientos diputados durante 16 horas. La mayor parte de aquellos hampones golpistas ni siquiera fue juzgada y aquellos que pasaron por el tribunal son libres desde hace tiempo.

Septiembre 2012 Manifestación pacífica alrededor del congreso. Fuerte dispositivo policial para reprimirla. Algunos políticos hablan de asalto a la democracia, de anticonstitucionalidad. De abracadabrante manera 64 personas resultan heridas, 35 personas detenidas y 12 imputadas.

viernes, enero 31, 2014


La pantera

Esta pantera es mi hermana mayor. Rugió por vez primera cuando yo amaba aún todo cuanto me sucedía: escuché aquel rugido como algo que me entregaba el universo. Nació así entre nosotros cierto cariño deshonesto e incomparable. Ella, desde su agilísima forma cubierta por el ébano centelleante, se acerca para seducirme con sus movimientos de acero: miro su brillo hipnótico lamentando la pobreza de mi poder y recuerdo las veces en que nos hemos arrojado al pasillo, hermanados por el común deseo de la aniquilación. Nuestro incesto se va fortaleciendo gracias a un estilete de rencor en cuyo filo sonríe una ternura desconcertante: aprendemos que el odio es más sensual que la piedad.

Di la verdad a éstos, diles que me defiendo de tus arañazos, diles que mi mayor lujuria consiste en meditar tu destrucción. Diles que contraataco a todas horas con la insoportable esperanza de desmenuzar poco a poco tu compacta agresión, tu existencia, tu proximidad, tu memoria. Diles que me he servido, contra ti, de todas las armas: las mujeres, el trabajo, la música y millares de cigarrillos, los amigos y las palabras, el arte, el alcohol. Yo vivía como la palabra socorro. Yo vivía en legítima defensa. Usé todas las armas contra tu esplendor, todas las armas contra el desatino de tu inmortalidad.

Esta pantera es mi hermana mayor. Me vigila como un océano a la costa y me nombra por mis diminutivos. Yo la vigilo como un reo de muerte a los minutos, y le llamo tristeza a falta de un nombre más vasto y depravado.

jueves, enero 30, 2014


Un relato por cada mes del año a modo de almanaque. Julio desternillante, el mejor. Fiel a su estilo imaginativo, abundante, irreflexivo, gracioso.
 
El refinamiento del egoísmo que exhibe cada personaje hace que la lectura sea deliciosa. Estos personajes parecen gravitar hacia Isabel, la heroína, aparentemente generosos, desinteresados, incluso honestos. Pero nada más lejos de lo que verdaderamente se esconde en el comportamiento de Madame Merle y de Gilbert Osmond. Isabel cae en la trampa y es manipulada por ellos dada su incapacidad para adivinar maldad en el prójimo. Tomándo esta ingenuidad como salvedad, es un personaje fascinante: suave, inteligente, moderna, independiente, briosa. Se ve abocada a una vida limitada por la estrecha moral de la época y, sin embargo, se arma de valor y de razón para luchar por su libertad. Ésa es su modernidad, lo que hace que rápidamente la admiremos y le tengamos respeto.

Destaca el profundo análisis psicológico de los personajes, el acierto de intercalar descripciones para contextualizar e introducir los audaces diálogos. Queda uno sumergido rápidamente en un mar de matices, de emociones, de ideas, puntos de vista que se erigen como monumentos a la personalidad, a la individualidad. Se disfrutan mucho esos diálogos que son un careo entre personajes, entre ideales, entre inteligencias. El narrador omnisciente nos hace partícipes de la forma de sentir y de pensar de cada personaje, lo cual contribuye a que la inmersión en la lectura sea total y a que nos sintamos más como voyeurs que como lectores.

martes, junio 25, 2013

Algo más que una denuncia al régimen del general Odría (Perú, 1950-56), algo más que una respuesta a la pregunta "¿en qué momento se había jodido el Peru?", algo más que una estructura y una técnica literaria compleja y depurada (a pesar de su apariencia casual y farragosa). Algo más que la vida de cuatro personajes dispares que convergen en una Lima sórdida y convulsa. Algo más que un reto al lector despierto, una colleja al lector adocenado. Algo más que un entretenimiento. Nada menos.

miércoles, mayo 08, 2013

El hombre en el tiempo



EL HOMBRE EN EL TIEMPO



Con un pie en el futuro y el otro en el pasado,
corres el riesgo en el presente
de descojonarte literalmente
                                                          

Tengo amigos que aseveran
que el futuro no existe,
que es incierto,
conjetural,
probable solo,
que le faltan alas que lo eleven,
raíces que lo afiancen a la tierra.
Yo les digo redondamente que no,
aunque  es probable que
que esté  perfectamente equivocado.

Fijaos en el presente si podéis,
piedra atada al cuello del futuro
que sumirá la esperanza en el fango primigenio.
La estrella que veis brillar en el espacio
ya ocurrió hace miles de años,
este instante en que intento demorarme
ya es pasado cuando de él tengo noticia,
resuenan ecos ancestrales en las
palabras que afanosamente combino.

En resumen:
que el futuro sucederá,
que el presente no es,
que al pasado vamos.
Y tú y yo (y cualquiera)
somos un breve segmento de historia
que seguirá descojonándose literalmente.

martes, abril 16, 2013

 Son narraciones del mismo género que las de Conan Doyle, género que se inicia, según se dice, con "Los crímenes de la calle Morgue" de Poe . Lo que me gusta de Chesterton, y creo que lo diferencia de Conan Doyle, es su sentido del humor sutilísimo. Aunque los cuentos detectivescos suelen ser muy similares, con la misma estructura, muy mecánicos y cuando le coges el truco se vuelven previsibles, Chesterton se las arregla para que con él no sea así ¿cómo? narra cada historia desde distintos ángulos, puntos de vista, se ciñe menos al corsé del típico relato policíaco, es más verosímil debido a que lo basa todo en el sentido común. El problema es que ahora cuando veo la serie "Los misterios de Laura" ya sé quien es criminal antes de que acabe

domingo, marzo 17, 2013

Con un lenguaje claro, en un estilo periodístico, asequible para cualquier lector, Dulce Chacón nos cuenta las experiencias carcelarias de Hortensia, Reme, Tomasa... en el Madrid de los años de guerra y posguerra. La lucha de resistencia guerrillera, encarnada aqui en la persona de Paulino "El chaqueta negra" y Felipe, marido de Hortensia, en relación con la fuerte represón franquista en la calle y en la carcel de Ventas. Nos enseña cómo se puede, como se debe mantener la dignidad individual y colectiva aun en las circunstancias más infames.
Novela de poeta, donde la trama, el argumento es menos importante que las ideas, los sentimientos.

jueves, diciembre 20, 2012

Sueño nº 2

Te parecerá mucha casualidad pero esta noche he soñado contigo, un sueño delicioso. Ojalá tú también lo hubieras tenido. Tenía la sensación de que flotaba entre dos cosas ¿qué dos cosas? Tú y el abismo.
Era extraño, me empujabas hacia un fondo en el que caía silencioso. Yo te tendía mis brazos con impotencia y desesperación, tú me intentabas atraer sin conseguirlo. Parecerá ridículo pero el abismo acababa en el asiento de tu coche, tal vez era un coche azul, descapotable. Lo conduces con mucha serenidad, segura de ti misma, gafas de sol, jersey de lana y unas mallas negras ceñidas a tus muslos, tus gloriosos muslos de 23 años, esos que suscitaban en mi la codicia de la posesión, y una desazón muy desabrida. Al lado voy yo, callado, excesivamente elegante, como un dandy.
Te miro pero no te hablo. En tus labios se esboza una sonrisa, de esas sonrisas que no llegan a desembocar en risa porque se quedan en el camino de una mueca sugerente e infantil; es la satisfacción hecha gesto, estás orgullosa de llevarme, de lucirme. Conozco la carretera, es el Albaycín y las gitanas que merodean por allí gritan que la crisis no les afecta porque siempre se han mantenido al margen del sistema (yo no les he dado permiso para que entren en mi sueño, pero les doy la razón).
Te paras, dejas el coche y te sientas en el muro de piedra desde el cual se contempla, como a través de un caleidoscopio, Granada entera. Yo llego por detrás, pongo mi mejilla junto a la tuya y te rodeo la cintura con mis brazos firmes. Ahora que no me ves-estoy detrás de ti- y que pareces indefensa, subo las manos hacia las tetas, tus gloriosas tetas de 23 años. Busco el lunar con mi dedo índice, como si este tuviera un ojo en la yema. En tanto te beso justo detrás de uno de tus pendientes, y se te eriza el alma.
La hora se ensangrienta en las faldas de la Alhambra y una luna ovoide enseñorea- tímida aún- sobre la torre del homenaje. Me siento a tu lado y permanecemos quedos durante ¿30 minutos? no hay tiempo en los sueños por eso son etéreos. A veces nos miramos como si no nos creyéramos ahí, tan íntimos, tan transparentes; otras, nos demoramos en la contemplacion de toda la perfección que nos rodea: Granada atardeciendo y a nuestro pies, la Alhambra herida de ocaso, la luna que poco a poco se eleva y afirma en el cielo y... nosotros. Increiblemente nosotros. Incesantemente nosotros. Como éramos, como somos: seres perplejos, feroces idealistas, unidos como el fuego y la hojarasca, así de abrasados.
Al cabo de esos instantes vuelves la cara e intentas atrapar con tus dedos una lágrima que ha rodado por mi mejilla, síntoma del síndrome de Stendhal tal vez. Luego dices:
-"No llores como una mujer lo que no supiste defender como un hombre". Yo río para simular el llanto y te respondo:
-Hay que empezar desde ya con los recursos energéticos renovables.