- Inicio de la conversación 15 de agosto de 2014
- José Luis
Hola Juan José, acabo de terminar tu maravilloso "Paco de Lucía, el hijo de la portuguesa".
Hay algo que desde luego no es lo que más me importa de su biografía pero sin embargo es lo que me despierta más dudas - José Luis
y es si fue justa su familia, los Sánchez, en cuanto a los derechos de autor. ¿Camarón se quejó en informe semanal con o sin razón?
He leido también, "Camarón, biografía de un mito / Luis Fernández Zaurín y José Candado"
y la versión es distinta a la tuya y a la de Francisco Perejil
- Juan José Téllez
Luis Fernández Zaurín y José Candado sostienen la tesis de Dolores Montoya, "Chispa", quien ya asume que Camarón carece de otros derechos de autor que no sean los derivados de las 17 letras que él registró a su nombre. Actualmente, ella sostiene que Camarón, al menos, inspiró esas letras y sus derechos tendrían que ser compartidos por Pepe de Lucía, los herederos de Paco y otros autores. Claro que, por esa regla de tres, a la inversa, si Paco inspiró también indudablemente a Camarón, merecería al menos la mitad de sus royalties discográficos. Todo esto es un disparate legal, alentado por la indudable pasión que le pone Chispa a sus creencias. Que cada cual extraiga sus consecuencias. En mi libro, lo único que he intentado es recopilar los principales datos del caso. No soy juez, pero soy parte. Es decir, creo que Paco tenía razón y que a Camarón, en aquellas declaraciones en Informe Semanal, le habían puesto por delante el señuelo de una suma estratosférica por una obra sobre la que él no tenía derechos. Suponga que usted vive en una casa formidable y que alguien se la pretende comprar por una millonada, hasta que se piden las escrituras y usted sólo es propietario de una mínima parte de la vivienda que habita. Un abrazo.
miércoles, julio 22, 2015
viernes, junio 05, 2015
Después de todo, todo ha sido nada,
a pesar de que un día lo fue todo.
Después de nada, o después de todo
supe que todo no era más que nada.
Grito «¡Todo!», y el eco dice «¡Nada!».
Grito «¡Nada!», y el eco dice «¡Todo!».
Ahora sé que la nada lo era todo,
y todo era ceniza de la nada.
No queda nada de lo que fue nada.
(Era ilusión lo que creía todo
y que, en definitiva, era la nada.)
Qué más da que la nada fuera nada
si más nada será, después de todo,
después de tanto todo para nada.
a pesar de que un día lo fue todo.
Después de nada, o después de todo
supe que todo no era más que nada.
Grito «¡Todo!», y el eco dice «¡Nada!».
Grito «¡Nada!», y el eco dice «¡Todo!».
Ahora sé que la nada lo era todo,
y todo era ceniza de la nada.
No queda nada de lo que fue nada.
(Era ilusión lo que creía todo
y que, en definitiva, era la nada.)
Qué más da que la nada fuera nada
si más nada será, después de todo,
después de tanto todo para nada.
miércoles, junio 03, 2015
martes, junio 02, 2015
Conscientes de que es imposible la objetividad (máxime cuando se trata de narrar una vida) y de que la objetividad en ocasiones ni siquiera resulta interesante o atractiva a la lectura; hay que asumir que es esa misma objetividad, sin embargo, lo que más se valora y prestigia en este género literario llamado biografía.
Leyendo la presente uno observa cómo en ella se ha conseguido aquello que en webs, biopics y prensa no se ha conseguido: la ecuanimidad y en consecuencia la verosimilitud. Su figura, la de Camarón, dada o bien al fanatismo mitómano o al desprecio ignorante casi nunca se había tratado cabalmente y sin exageraciones; es decir, llamando a cada cosa por su nombre.
Creo que se le hace justicia a la familia de Paco de Lucía, siempre honrada con el gitano en lo referente a derechos de autor y en todo lo demás como una familia para él. Creo que también es justo que se hable de la hija no reconocida del de la Isla de sus años madrileños, y de la imprudencia temeraria de Camarón que causó la muerte de dos personas en un accidente de tráfico. Plagada de anécdotas curiosas y aspectos desconocidos. Lo he pasado muy bien.
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Camarón,
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Poesía
sábado, mayo 30, 2015
martes, abril 14, 2015
El Principe di Torremuzza se enamora de una aldeana en su andadura oscilante por Cefalú
Me bastarían sus manos o sus dientes en sonrisa,
su pelo cascada azabache o el óvalo de su semblante albo;
me bastaría el hilo de oro de sus palabras
para ser perfectamente dichoso, impecablemente feliz.
Cefalú, cuando nuestras manos las falanges de sus dedos rozan,
se vuelve breve espejismo, que es tanto como decir
Utopía,
Arcadia o
locus amoenus:
con el mar verde azulado a cuya orilla leimos poemas de san Agustín y
una peña calcárea por la que descienden macizos de dalias.
Llega el invierno a Cefalú.
En un cuartito feliz del puerto de pescadores
suena melodiosa una canción de sábanas.
La tengo hoy y
he de quererla
mal que a veces me pese
porque me hace
completo
e innecesitado.
Me bastarían sus manos o sus dientes en sonrisa,
su pelo cascada azabache o el óvalo de su semblante albo;
me bastaría el hilo de oro de sus palabras
para ser perfectamente dichoso, impecablemente feliz.
Cefalú, cuando nuestras manos las falanges de sus dedos rozan,
se vuelve breve espejismo, que es tanto como decir
Utopía,
Arcadia o
locus amoenus:
con el mar verde azulado a cuya orilla leimos poemas de san Agustín y
una peña calcárea por la que descienden macizos de dalias.
Llega el invierno a Cefalú.
En un cuartito feliz del puerto de pescadores
suena melodiosa una canción de sábanas.
La tengo hoy y
he de quererla
mal que a veces me pese
porque me hace
completo
e innecesitado.
miércoles, enero 07, 2015
Un ensayo inteligente, lúcido que airea los vicios de la España más reciente, los males esporádicos y también los crónicos o endémicos: el "fetichismo del origen" o nacionalismo, la "paletería satisfecha", la "grosería populista", el "narcisismo quejumbroso, exigente y necesitado siempre de halago y no de responsabilidad"; el "pánico español a distinguirse de lo mayoritario y a no contar con el cobijo de un grupo que es una de las razones de nuestra hipocresía civil" pues "no aceptarán que te apartes ni un milímetro de la ortodoxia que ellos mismos marcan", "el castigo del desvío es el San Benito y el anatema" . Los españoles "disculpamos y celebramos la grosería porque nos parece más verdadera". La envidia, la codicia.
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Antonio Muñoz Molina,
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Poesía
miércoles, diciembre 24, 2014
"Thus bad begins and worse remains behind" este verso de Shakespeare que se traduce por "Así empieza lo malo y lo peor queda atrás"da título, uno más, a la reciente novela de Javier Marías. Es una frase que leemos en varios momentos de la novela, el más significativo ese en que Beatriz Noguera se suicida.
El argumento de la novela puede ser el siguiente: el joven Juan de Vere trabaja como secretario y traductor en casa de Eduardo Muriel, un director de cine de segunda fila cuya relación con su mujer se basa en el rechazo, el desprecio y la súplica por una falta que ella cometió en el pasado. Juan, el personaje desde el cual nos es relatada la historia, recibe a su vez el encargo de sonsacar a un amigo de Muriel, el doctor Van Vechten, acerca de unas supuestas actuaciones de abuso con mujeres durante el franquismo.
Ese parece ser uno de los temas centrales de la novela y del autor: la necesidad de hurgar y juzgar el pasado de las personas o, por contra, la conveniencia del olvido. Cómo la ocultación de un hecho del pasado de alguien puede condicionar y modificar toda su vida. Otros temas tratados son la amistad y su fidelidad más allá de las circunstancias, el deseo, el amor, el sexo, el paso del tiempo, el abuso de poder de los vencedores de la guerra civil, el orgullo de los vencidos en la postguerra, la rentabilidad del victimismo en el presente, el poder de la rumorología en el concierto social porque "uno tiende a creer lo que se le relata".
domingo, septiembre 21, 2014
Está basada en la autobiografía de Solomon, un mulato afroamericano nacido libre en el estado de Nueva York que fue secuestrado en el Distrito de Columbia en 1841 para ser vendido como esclavo y que trabajó en plantaciones en Lousiana durante 12 años hasta su liberación.
Peli dura, al borde de lo que la sensibilidad acepta; pero eso sí, muy bien ambientada, vestuario, escenarios... preciosa.
Peli dura, al borde de lo que la sensibilidad acepta; pero eso sí, muy bien ambientada, vestuario, escenarios... preciosa.
El director no juzga al personaje ni
sus decisiones. Isabelle no es prostituta por razones económicas. Es
más bien una experiencia, una forma de rebeldía de una chica con una
vida perfecta; aunque las razones que llevan a la joven a verse con
hombres mayores (por un alto precio, el equivalente a su belleza) quedan
un poco difuminadas. No busca el placer sexual, lo que le gusta es la
excitación de guardar un oscuro secreto.
Impresionante la protagonista, cómo logra transmitirnos emociones a través del lenguaje gestual
Impresionante la protagonista, cómo logra transmitirnos emociones a través del lenguaje gestual
Falso biopic de Dave Van Ronk por los hemanos Cohen. No tiene mucho argumento pero se respira una época, un lugar y un movimiento cultural. Rezuma Bob Dylan, Dave Van Ronk por todos sus fotogramas, y el Village, y el Gaslight, uno de los garitos donde los primeros cantautores folk actuaban por lo que diera la gorra. Es la época acústica pre-Beatles, luego vendría el Rock. Greenwich Village por aquel entonces fue un hervidero de cultura y bohemia, frecuentado por hipsters y beatniks en horas bajas.
lunes, agosto 11, 2014
Esta novelita es un poco atípica dentro del conjunto de la obra de Galdós, por el enfoque del tema y por no poderse encuadrar dentro del Realismo ni del Naturalismo, novela de tesis o novela histórica.
Nos cuenta la historia de Tristana, una linda y virtuosa señorita cuyo padre al morir confía su tutela a Don Lope, personaje donjuanesco en horas bajas que la tiraniza hasta deshonrarla. Pero sucede algo previsible y es que Tristana se enamora de un joven, Horacio, y a espaldas de Don Lope sobrellevan un noviazgo solo interrumpido por un inevitable viaje familiar del joven. En su ausencia Tristana cae enferma y le amputan una pierna. En un primer momento Horacio se conmisera de ella pero al poco muestra desinterés y Tristana cae abatida y se desenamora cuando él vuelve.
La fantasmagoría del amor queda en evidencia, la realidad los conduce a él hacia otra mujer y a ella a resignarse a Don Lope.
La dificultad de ser mujer en un tiempo y en un país como el que denuncia Galdós, aun sin establecer una tesis, sin tomar partido, solo describiendo unos hechos con magnífica verosimilitud.
Mujer moderna Tristana, a imagen de la Isabel Archer de Henry James.
"Aborrecía del matrimonio, teníalo por la más espantosa fórmula de esclavitud"
"Ilusión cursi, buena para horteras" (matrimonio)
Mujer que aspira a ser autosuficiente y a vivir, enamorada e independiente, de una profesión artística.
Diferencia: Isabel Archer lucha y consuma ese ideal. Tristana lucha por su ideal pero le sobreviene la tragedia.
Nos cuenta la historia de Tristana, una linda y virtuosa señorita cuyo padre al morir confía su tutela a Don Lope, personaje donjuanesco en horas bajas que la tiraniza hasta deshonrarla. Pero sucede algo previsible y es que Tristana se enamora de un joven, Horacio, y a espaldas de Don Lope sobrellevan un noviazgo solo interrumpido por un inevitable viaje familiar del joven. En su ausencia Tristana cae enferma y le amputan una pierna. En un primer momento Horacio se conmisera de ella pero al poco muestra desinterés y Tristana cae abatida y se desenamora cuando él vuelve.
La fantasmagoría del amor queda en evidencia, la realidad los conduce a él hacia otra mujer y a ella a resignarse a Don Lope.
La dificultad de ser mujer en un tiempo y en un país como el que denuncia Galdós, aun sin establecer una tesis, sin tomar partido, solo describiendo unos hechos con magnífica verosimilitud.
Mujer moderna Tristana, a imagen de la Isabel Archer de Henry James.
"Aborrecía del matrimonio, teníalo por la más espantosa fórmula de esclavitud"
"Ilusión cursi, buena para horteras" (matrimonio)
Mujer que aspira a ser autosuficiente y a vivir, enamorada e independiente, de una profesión artística.
Diferencia: Isabel Archer lucha y consuma ese ideal. Tristana lucha por su ideal pero le sobreviene la tragedia.
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Benito Pérez Galdós,
Novela,
Poesía
lunes, julio 21, 2014
Esta poesía vive en la playa, en la superficie hermética de bruma y luz de una playa en otoño; es piedra lavada pero tenaz contra el desgaste, vientos que arrancan silbos de sol, áureos y minúsculos granos de arena cuya esencia mineral es símbolo de todo lo existente.
Mediante un monólogo prolongado que se frangmenta en distintos poemas con entidad poética propia pero que engarzan un totum poeticum conceptual y unitario el poeta nos pretende revelar lo absoluto mediante la reflexión en torno a una piedra arrastrada a la orilla. Gaditano, conocedor del mar, canta al escarabajo que escribe en la arena, a la imagen extraña de un mirlo junto al mar, al vacio, y a la finitud.
Entrelineas se lee otro libro con un mar más brumoso y menos visual. Por dentro o por debajo resuena otro eco absolutamente doliente: algo que no se consuma y que consume al poeta, una queja existencial, un no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, un canto a la piedra que no siente pero perdura en el tiempo (por contraposición al ser que deviene en nada), la conciencia lacerante de ser menos que una piedra, de ser nada.
lunes, julio 07, 2014
A pesar de la polémica y del revuelo mediático que ha provocado este libro, la línea de pensamiento que sigue no es completamente nueva. La tesis que apoya dista muy poco de la de "Anatomía de un instante" de Javier Cercas. El Rey pidió la dimisión a Suárez, luego indujo el golpe de estado del 23 f. Borboneó con Arias Navarro y luego con Suárez. Suárez luchó por una democracia real y la defendió por encima de sus propias ambiciones personales y también por encima del Rey, dignidad muy rara la suya siendo político.
A ratos parece una novela negra: pistoleros de la Triple A, de Fuerza Nueva, asesinatos de los abogados laboralistas de la calle Atocha, militares que amenazan pistola en la mesa al mismo presidente del gobierno para coaccionarlo, golpe de estado, conspiraciones. Monarquía como poder fáctico, el poder militar postfranquista nostálgico y reacio a supeditarse constitucionalmente al poder civil
Si es verdad lo que aquí se cuenta, el "Campechano" se extralimitó mucho y muy gravemente.
miércoles, junio 18, 2014
La noche tenía ese aire de derrota que se respira en la canción "Suspicious mind", que últimamente no paraba de sonar en mi cabeza. Me evocaba la visión de un Elvis de enormes gafas y atuendo de marciano interpretándola. La noche era decadente como Elvis, llovía fuerte y el viento arreciaba sobre los toldos movedizos, todo lo cual hacía recordar los mares nórdicos que nunca había visto, pero que poblaban mi imaginación desde que leí Moby-Dick. Me sentía urgido a entrar en un pub antes de irme a dormir. Subimos la calle Modesto Lafuente muy dubitativos, pensando uno en el otro más de la cuenta. Una vez en la barra del Sheridans ella se alisó el vestido y me dijo: "cariño, no te pongas zalamero". Yo me fijaba en sus labios de negra y en sus ojos mesopotámicos que parecían sugerir un "no pero sí": no lo conseguirás pero inténtalo. Así que sí, coqueteamos, la iluminé con el reflejo de mi anillo de zafiro, única herencia de mi abuelo, la cual me envió desde París cuando dejó la presidencia de las Cortes. Intenté atraerla pero sin mucha determinación, y sin un plan previo, pasando por alto el juego de seducción al que muchas veces me entregaba con disciplina. Pero no era mi día. Había recorrido medio país al volante de un coche pequeño y viejo, estaba cansado y esta pantera era lo primero que había podido encontrar. Me has hechizado, le dije, descorrió la comisura de sus labios y esbozó una de esas sonrisas que ponían al descubierto los dientes parcialmente, que lucían blancos como la nieve, y por lo demás, un blanco desacostumbrado en toda su persona. Aquella sonrisa era anterior a la creación del mundo.
La había encontrado en Atocha una hora antes, salía del restaurante en el que trabajaba.-Uhmmmm, me voy a tener que ir ya- me dijo- mañana jueves trabajo. La abordé antes de que pudiese reaccionar cognitivamente (me interesaba su subconsciente no lo que pensara o dijera, pues las primeras conversaciones con gente desconocida siempre son lo mismo: palabras dirigidas a sí propia desde su instinto de autoprotección y, sobre todo, palabras inocuas proferidas en aras de una supuesta corrección social o conforme a una ley del decoro). -Ella-decía la negra-era una mujer normal, pero de pies a cabeza. "Yo soy lo que soy, no más, una mujer normal de pies a cabeza". Mientras él observaba su nariz chata y su pelo duro como la rodilla de Robocop.
"Normal", detesto esa palabra, su significado pedestre, el tono en que se suele pronunciar y aún a aquellos que la emplean, casi siempre a la ligera y sin ningún sentido de la exactitud. Pero ella no era normal, solo había que verla.
Oh, sabes que estamos atrapados en una trampa,
no puedo salir,
porque te quiero tanto nena.
La había encontrado en Atocha una hora antes, salía del restaurante en el que trabajaba.-Uhmmmm, me voy a tener que ir ya- me dijo- mañana jueves trabajo. La abordé antes de que pudiese reaccionar cognitivamente (me interesaba su subconsciente no lo que pensara o dijera, pues las primeras conversaciones con gente desconocida siempre son lo mismo: palabras dirigidas a sí propia desde su instinto de autoprotección y, sobre todo, palabras inocuas proferidas en aras de una supuesta corrección social o conforme a una ley del decoro). -Ella-decía la negra-era una mujer normal, pero de pies a cabeza. "Yo soy lo que soy, no más, una mujer normal de pies a cabeza". Mientras él observaba su nariz chata y su pelo duro como la rodilla de Robocop.
"Normal", detesto esa palabra, su significado pedestre, el tono en que se suele pronunciar y aún a aquellos que la emplean, casi siempre a la ligera y sin ningún sentido de la exactitud. Pero ella no era normal, solo había que verla.
Oh, sabes que estamos atrapados en una trampa,
no puedo salir,
porque te quiero tanto nena.
jueves, mayo 15, 2014
Es tan gran novela, tan sobreabundante en todo tipo de méritos, tiene tan buena prensa, es tan empalagosa la crítica diciendo lo fascinante que es, que no hay manera de complacerse en ella. La quise leer con profunda atención a fin de captar lo singular y se me hizo pesada. Están muy bellamente descritas las escenas, pero el desarrollo es lento, agotador. por tanto buenísima novela...que no he disfrutado nada.
He leído algunas obras de este autor: Papel Mojado, El desorden de tu nombre, Cuentos de adúlteros desorientados, Laura y Julio (mi favorita), Dos mujeres en Praga, El Mundo. Más allá del tema de cada una, siempre me había seducido su prosa tersa, la profundidad psicoanalítica, el sentido del humor un tanto absurdo y la técnica narrativa.
En la mujer Loca hay de todo esto; sin embargo, desde mi punto de vista, no hay algo muy importante: sorpresa.
En la mujer Loca hay de todo esto; sin embargo, desde mi punto de vista, no hay algo muy importante: sorpresa.
Novela epistolar muy bien escrita (¿existe o ha existido quien escriba mejor que Delibes?) pero muy carca. Suena retrógrada toda esa retórica del cortejo, y arcaica esa concepción del amor desigual en que el enamorado babea ante una dama esquiva y desdeñosa.
Eugenio, un periodista jubilado, inicia correspondencia con una mujer más joven que él a la que conoce a través de la sección de contactos de un periódico. A medida que se suceden las cartas, Eugenio extrema su confianza con Rocío a la vez que aumenta el deseo por conocerla. Eugenio se comporta como un frusco casposo, le cuenta todo tipo de intimidades, le cuenta su vida, la de sus hermanas y amigos; en cambio, Rocío lo reprende, le da largas y lo hace sufrir. Sobre todo cuando le envía una foto en que aparece en bikini. Aunque no conocemos las cartas de ella, de las de él se transluce lo ingrata que es Rocío, también lo insincera pues al final se descubre por una carta que le remite un amigo a Eugenio que con quien quería relaciones la señora no era con Eugenio sino con él, su amigo. La foto de la piscina era falsa y todo lo demás fingido.
La novela encierra una sátira sobre la ingenuidad del amor.
"Me hacen gracia los andaluces siempre y cuando no sienten plaza de graciosos oficiales"-se dice en una de las cartas. Y se nos presenta una andaluza, Rocío, falsa, maliciosa y nada graciosa.
martes, abril 15, 2014
LA GORGONA MEDUSA
La ciudad elegida fue Vigo. No es una ciudad especialmente bella como destino veraniego pero pensaba en un hotel donde a lo lejos pudiera levantarme viendo las Islas Cíes. Ese hotel, con gusto antiguo, estaba situado frente al puerto marítimo donde tantos y tantos gallegos marcharon a las Américas. Pasear por ese casco antiguo un tanto decrépito no consiguió estimular mucho mi ánimo pero al menos había cambiado de aires. Mientras tomaba un café observaba escrupulosamente a todo aquel que pasaba. En aquella terraza se cruzaban niños, abuelos, jóvenes... y todos ellos me incomodaban. Me recordaban mi soledad. “Todos tienen una vida, menos yo”, pensaba para mis adentros. Y era así, no tomar decisiones, evitar sentir afecto y darlo era uno de mis mayores temores en la vida y desde luego consiguió aislarme cada vez más del mundo. En el fondo sentía envidia de todos aquellos que reían y paseaban, ya nunca volvería a ser uno de ellos.
Envidia sana-me decía, pero
esa autojustificación no me deparaba ninguna paz. Ahora no, imposible. Ante mí misma no podía fingir; además, me acordé de mis lejanas clases de latín, de un texto en que aparecía una variante de oxímoron: la Contradictio in adjecto. Pues eso, lo de “envidia
sana” no era más que eso, una contradicción en el adjetivo, una lastimosa
contradicción. La envidia nunca podía ser sana, si acaso moderada, por convenir
en que un sentimiento así podía admitir gradación positiva.
La idea de verme a mí misma
como una envidiosa, no obstante, me avergonzó. Y la perspectiva de sentirme una
frustrada, una amargada de la vida me horripiló de tal forma que decidí dejar
de pensar y centrarme en el mundo visible: el ventoso y soleado día de verano, los culos de los que paseaban por el paseo
marítimo, los códigos QR en un poste publicitario o en el costado de una
furgoneta frigorífica, el éxito del carril bici recientemente inaugurado en la
ciudad, las transparentes gotas de agua del mar que al chocar en el rompeolas a
intervalos de treinta segundos, remontaban el vuelo como canicas arrojadas al
aire por la mano juguetona de un niño díscolo. Empecé a darme cuenta de que
observar el exterior era mejor que no hacerlo; además, me reconciliaba con mi
deseo de evitar sentir afecto y darlo, que era uno de mis mayores temores. Esto,
sin embargo, no debió ser suficiente pues decidí marcharme y dejar para otro
momento esa novísima actitud contemplativa ante la vida. Ni siquiera esperé a
que el camarero viniera a mi mesa a entregarme la cuenta. Me dirigí hacia la
barra y la pedí con una voz que no me oía desde hacía muchas horas. Carraspeé
para aclarar, emití una interjección moduladora, me salió una vocecita
inaudible, una especie de grito silencioso, luego un exabrupto, y por fin mi
voz clara y sin arrugas. Pero al camarero todo esto le pareció una especie de
jeróglífico, y me miraba como quien mira la piedra Rosetta con gafas de sol
detrás de un retén de turistas chinos armados de cámaras fotográficas. La
confusión se disipó enseguida. Un plato pequeño con la cuenta se deslizó sobre
la vitrina del mostrador bajo el cual un bogavante con las dimensiones de un
bolso de mano articulaba sus afiladas pinzas en el
mismo momento que sacaba mi monedero.
Era hora de volver al hotel.
Pretendía ver el atardecer desde el ventanal con vista a las Islas Cíes. Había
abrigado la melancolía de ver tenderse el sol en las playas de esos islotes. ¿A qué había venido si no? Crucé una pequeña plaza, pasé ante una
iglesia, dos iglesias, tres iglesias, -una más y me pongo a gritar-me prometí,
y lo siguiente fue una oficina de Caixa Galicia. Esto hizo que el momentáneo
mal humor se transformara en asco. -Mira que es feo un cajero
automático, y gris, y frio, y poco ecológico. Al pronunciar esta última palabra
comencé a evocar mentalmente actos que fueran poco ecológicos: la explosión de
un pozo de petróleo, una fuga de gases tóxicos en una planta nuclear, los vertidos
de desechos de productos químicos al mar… pero corté la enumeración en este
punto pues habían acudido a mi mente las palabras de un humorista de moda:
“no hay cosa menos ecológica en el mundo que pegarle a una foca con un lince
ibérico”.
Había demasiados cajeros
automáticos. Los centros históricos de las ciudades de nuestro país poco
distaban unos de los otros por culpa, entre otras cosas, de la presencia de
esas terribles máquinas que escupen dinero y te preguntan indiscreta, cansinamente
en qué idioma deseas operar, como si nos fuese dado aprender uno, dos,
tres idiomas distintos de una vez para otra. Un anciano tecleaba su número pin
con la mano derecha, mientras con la zurda
protegía el dígito secreto de miradas indiscretas, o peor, de cámaras
ocultas. Me conmovió esta imagen: la imagen de la inseguridad ciudadana, del miedo, de
la vulnerabilidad amenazada, la imagen desvalida de la desconfianza. Y como
queriendo huir de ella doblé hacia la perpendicular, una calle ancha y peatonal
donde se oía el tema “Romance in Durango” interpretada por una joven artista
callejero. Por lo general los artistas callejeros destrozan aquella canción que
tocan, pero, ciertamente, este no lo hacía mal:
No llores mi querida
Dios nos vigila
Soon the horse will take us to Durango
Agarrame mi vida
Soon the desert will be gone
Soon you will be dancing the fandango.
Dios nos vigila
Soon the horse will take us to Durango
Agarrame mi vida
Soon the desert will be gone
Soon you will be dancing the fandango.
Un policía municipal le
hacía gestos de que parara y lo conminaba a acompañarlo, allí no podía estar. ¡Era
increíble aceptar que fuera eso lo que daba mala imagen en el centro de la
ciudad! Un poco violentada y sin ninguna razón para el optimismo me metí en un
bar de copas, también urgida por la necesidad de sustituir esas visiones y esos
pensamientos por otros nuevos y, a poder ser, de otra laya. Eran las ocho menos
cuarto de la tarde, aún podía entretenerme una hora más hasta volver al hotel.
El pub se llamaba “20
Century Rock”. Estaba iluminado con luces naranjas. A primer golpe de
vista divisé un jukebox de los años 70, una máquina expendedora de coca cola también
de los años 70. En los laterales se disponían unos divanes de escay color bermellón
de difícil datación; además, colgaban guitarras acústicas del techo. Chocaba
la presencia de una Harley en una esquina donde hubiera sido más evidente
encontrar un escenario con un solitario músico de country. Definitivamente, Johnny
Cash redivivo andaba en el ambiente.
Aun era temprano, en el 20 Century
no había nadie, ni barman siquiera. Mejor así, podría mantener mi cómoda
actitud pusilánime y evasiva. La cortina estaba en movimiento detrás de la
barra. De un momento a otro - imaginé- aparecería un macilento sesentón, calvo y
con melena blanca, un ojo con glaucoma y el cuerpo invadido de tatuajes. Era como
esperar a que el waiter fuera el primo de Johnny Winter, pero no. Apareció una
preciosa mujer de 34 años con el pelo muy rizado, ensortijado podría decirse, y los ojos vivaces. Llevaba
sombrero tejano y camiseta corta que revelaba al aire un vientre lisa y llanamente
perfecto. Justo debajo del ombligo llevaba tatuado un caballo alado.
- ¿qué le pongo?
- Four Roses con Seven up en
vaso ancho, por favor-respondí, clavando la mirada en la figura de un indio
cheroqui esculpido en madera de cerezo americano.
- Te vale sprite?- balbució la
camarera con suma suavidad pues adivinaba la timidez de la clienta
- No. Con coca cola entonces-
dije sonrojándome como si hubiera algo hostil y destructivo en mis palabras.
Al día siguiente volví al
20 Century después de haberme tomado tres Four Roses con Seven Up en el bar del
hotel, por supuesto, sin mediar palabra con nadie. Luego había caminado por las
calles sin un rumbo fijo, a la deriva, merced a mis atormentados pensamientos.
Si hubiera logrado olvidarme por un instante de mí misma habría sido feliz.
Entré en un establecimiento de comida iraní para llevar. Comí un kebab
preparado con arroz jazmín y pollo, sentada junto a la estatua de un militar a caballo.
Lloré como se llora cuando una no se siente observada, con toda sinceridad.
Después volví al 20 Century. Estaba a punto de cerrar pero la camarera del día
anterior me sirvió un Four Roses en vaso ancho. No hablábamos, solo bebíamos. La
camarera también. La situación sin ser ridícula tampoco parecía natural.
-¿El servicio, por favor?
- al fondo, a la
izquierda-me dijo con los ojos muy
abiertos. De inmediato salió de la barra y cerró las puertas del
establecimiento.
- Ah, ya cierras, enseguida
vuelvo, necesito ponerme sombra de ojos
Entré en el servicio, saqué
del bolso un estuche con pinturas, un pintalabios carmesí, rimel, un lápiz y
colorete. Con todo ese arsenal sobre el lavabo me dispuse a la labor de
reconstrucción. Había llorado, tenía un aspecto deplorable. Con el lápiz dibujé
los contornos. Maquillar mi inseguridad me hacía sentir menos indefensa. Elegí
sombra negra que es la que mejor contraste hace con mis ojos verdes. Me
estudié el semblante, los gestos. Sonreía, entrecerraba los ojos y abría la boca evaluando
el trabajo realizado y el posible impacto que iba a causar sobre la primera
persona que me viera; porque la mujer que era recién pintada era una mujer
nueva, desprovista de pasado. Nunca se tienen dos oportunidades de dar una
primera buena impresión. Me apliqué colorete en las mejillas y me pinté los
labios meticulosamente, abandonándome a la ilusión de que conocería a alguien importante en mi vida, de que unos ojos ávidos,
deseosos se posarían en los míos.
La metamorfosis estaba casi
por completar. Me retoqué el pelo, me incliné, acerqué la cara al espejo y me
miré fijamente a los ojos y lo que vi me dejó perfectamente turbada. A mi
espalda la camarera de pelo rizado me clavaba sus ojos astutos con un gesto de
furia inexplicable, entre agresiva y lasciva. Era el gesto del atrevimiento, el
de la total entrega a un riesgo ya asumido otras veces. Una mano en el pomo cerraba
la puerta, la otra acariciaba los muslos de la mujer que aun sostenía una barra
de labios entre sus dedos. La lujuria de la camarera consistía en actuar y no
abrir la boca, en su silencio pertinaz. Yo, por mi parte, me sorprendí
callando con más propiedad aún, pues era la receptora y la víctima. Pero… ¿víctima
de qué? ¿de quién? ¿de mí misma? Era presa de mi carácter en el cual no había
ningún futuro. No me atrevía a hacer frente a nada, ni siquiera a mis deseos,
ni siquiera a aquella que ahora mordía mi cuello y besaba mi hombro hasta
hacerme estremecer. Tampoco me atrevía a volverme, la observaba a través
del reflejo del espejo. Qué miedo el mío. Me había bajado la falda, me
desnudaba con una firmeza en que era perceptible un ansia reprimida, la codicia
de la carne. Me abría las piernas, me chupaba, manoseaba mis pechos intocados,
mi culo redondo como un día de verano. Aquellas horrendas madejas de pelo
rizoso cosquilleaban por mi espalda una y otra vez, la lengua larguísima se
afanaba en las caderas, en el sexo. Pero no me hubiera vuelto así me
hubieran sodomizado. Temía que al volverme quedara petrificada de
espanto. Temía que restallara en mi dorso, como un látigo, una insoportable
verdad. Temía que la visión de la realidad me estallara en la
cara en mil dolores pequeños. El temor y la autocompasión me hicieron
llorar como una Magdalena. Y las lágrimas fueron la cristalización de mi entrega,
la supuración de todos mis complejos, el desahogo a la tensión acumulada.
Limpia ya de todo mi pasado, levanté las rodillas para dejar la falda y las
bragas caer, despojándome así de lo que quedaba de mi amargura. Solo entonces
me giré y quedé al fin frente a mi compañera. La miré con ternura y le clavé el lápiz de ojos en el cuello hasta matarla. Pegaso voló libre de su sangre.
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