domingo, julio 03, 2016
miércoles, junio 08, 2016
lunes, mayo 30, 2016
Vicente Gallego es un poeta valenciano perteneciente a eso que en los años 80 se llamó en Granada "La otra sentimentalidad" (Manifiesto publicado en El País en 1983 por los jóvenes poetas Javier Egea, Álvaro Salvador y Luis García Montero) y un poco después y más ampliamente Poesía de la Experiencia.
Hoy en día las características de aquella poética (historicidad, narrativismo, inmediatez, cotidianidad, fusión de la experiencia individual en la colectiva..) se han disipado en alguna medida de la obra de aquellos poetas. Un ejemplo de esa deriva es este "Saber de grillos" conformado por poemas breves, desnudos en apariencia pero de un gran simbolismo estético.
viernes, mayo 27, 2016
Con "Cirlot: ser y no ser de un poeta único" de Antonio Rivero Taravillo, publicado por la Fundación José Manuel Lara y Premio Antonio Domínguez Ortiz de Biografías 2016, se me despertó la curiosidad por este raro poeta catalán. Consulté qué obra tenía suya la Biblioteca Nacional en su sede de Recoletos y cayó en mis manos este "44 sonetos de Amor".
Poesía de una belleza deslumbrante e insólita, hallazgo que se mezcla con extravagancia, esencialidad con deriva. Como si su fuente procediera de una tradición literaria poco transitada (ni siquiera del propio autor), como si fuese traducción o como si el poeta fuese zurdo; una poesía, en fin, bien mal escrita, o que da esa sensación. ¿Servidumbre de la forma? Al leer no se olvida uno nunca del molde, el soneto, y el oído tropieza.
En cuanto al tema, estos poemas nos informan de un concepto aciago del amor, donde este opera como una fatalidad que socava al poeta, que lo convierte en víctima y antagonista de sí mismo. Véase Soneto XX, y el XXXII. O el XLIII de estética tétrica y penetrante; O el claro y directo penúltimo verso de Soneto VII:
"Me llevas de la mano a padecer".
Son frecuentes las "espinas", "ortigas", "cuchillos", "heridas"... entre "rosas", "amor", "azules primaveras".. lo cual le confiere a estos poemas una cualidad plástica que da realce a ese carácter trájico del que hablaba.
jueves, mayo 19, 2016
Me ha parecido un libro fresco, puro, donde se reproduce la voz luminosa y a la vez noctámbula de una persona cercana, no la de un poeta. Una persona de gran entusiasmo pasional a quien pasan cosas, las siente, las cuenta, las canta. Las cosas que nos pasan a todos: enamorarnos y no ver más allá, vivir ciertas experiencias involucradas con el amor, ansias existenciales, ciertas zozobras y asombros ante los que somos dolorosamente vulnerables.
viernes, mayo 06, 2016
Distopía en la que Orwell hace una durísima crítica a una sociedad imaginaria donde el Estado (con mayúsculas) anula al individuo, lo somete y lo vacía. No faltan críticos que vean en Oceanía a la URSS y en el Hermano Mayor a Stalin. Durante ese periodo de la historia de Estados Unidos al que se ha dado en llamar Macartismo esta novela se utilizó como propaganda anticomunista, siendo que Orwell se situaba a la izquierda de la izquierda y criticaba el peligro y los abusos de un Estado omnipresente y opresor, no que fuera anticomunista.
Es un texto denso (pero para nada confuso) plagado de ideas que invitan a levantar la mirada de la página y reflexionar. Reflexionar sobre si esa sociedad negativa, donde las personas carecen de espontaneidad, de inteligencia, de sentimientos, de libertad, es la nuestra. Reflexionar si esa comunidad corrompida por el poder de la política, la censura y la manipulación es o se parece algo a la nuestra.
George Orwell no es un escritor, es una moral.
martes, mayo 03, 2016
Damián tiene trazas de no ser un tipo muy ambicioso, sino más bien fútil, soso, alguien sin dirección en la vida. Lo han echado del trabajo y merodea por Madrid hasta que una tarde entra en una tienda de anticuario y siente la necesidad imperiosa de robar un pasador de corbata. Los vigilantes de seguridad se percatan y lo siguen, y Damián los burla escondiéndose en un ropero de tres cuerpos. Este ropero es transportado hasta la casa de la familia integrada por Fede, Lucía y su hija adolescente.
Desde ese ropero Damián será testigo de las vidas de los tres. Asistirá a las frustraciones de Lucía, las angustias de María porque no le viene el periodo, las infidelidades de Fede...
Una lúcida parábola de la sociedad en la que vivimos donde es posible la soledad en ciudades superpobladas; donde, paradójicamente, la incomunicación es frecuente a pesar de vivir rodeados de personas y tecnologías de la comunicación. Una sociedad donde podemos oír noticias tan espantables como la que se publicó en El País hace unos días de un hombre que es encontrado en su casa cinco días después de muerto, solo y sin que nadie lo hubiera echado de menos en todo ese tiempo. Tenía 3500 amigos en Facebook.
Muy brillante esta última novela que dice más de lo que parece a juzgar por la sencillez del argumento.
lunes, abril 18, 2016
En esta entrega el escritor arequipeño nos obsequiaba con dos novelas por el precio de una, ambas intercaladas en cada capítulo alternativamente. En los impares la vida de Flora Tristán (1803-1844) precursora del feminismo, quien con mente lúcida y una determinación inquebrantable se adelantó a su época reclamando la participación de la mujer en todos los niveles e instancias de la sociedad; y en los pares, la de su nieto el genial pintor postimpresionista Paul Gauguin (1848-1903).
Pueden leerse independientemente pues a pesar del parentesco los dos personajes no se conocieron ni sus historias se interrelacionan.
Pudiera creerse que la razón de elegir estas dos vidas para una novela fuera los lazos de sangre, pero uno tarda muy poco en darse cuenta de que no. El paralelismo entre las vidas de una y otro se encuentra en el título. Ambos van buscando un paraíso, su paraíso, ambos van en pos de un ideal que les absorbe la vida y que se les va revelando muy difícil de asir.
Flora tristán proyecta una gira por Francia para promover un ideal de sociedad justa y despertar la conciencia de los obreros y las mujeres. Se rebela contra los privilegios de clase y exacerba al obrero para estimular su esfuerzo en aras de una sociedad donde no exista el abuso ni las desigualdades.
Paul Gauguin, abandona una vida burguesa, una familia canónica y una posición como agente de bolsa, en busca, así mismo, de un ideal de vida y de la esencia del arte. Marcha a La Polinesia donde cree que podrá encontrar esa esencia en torno al primitivismo, a los ritos tribales, a las costumbres incontaminadas de progreso, a la cultura de las sociedades preindustriales. Primero Taiti, y desengañado luego, las Islas Marquesas de los Mares del Sur.
Asistimos una vez más a una narración suya en un estilo abundoso, paciente, seguro, fluido, meticuloso que a veces agradecemos por su excelencia y otras molesta por su escrupulosidad (y por vernos obligados a saber más de lo que desearíamos sobre los personajes).
jueves, abril 07, 2016
Desde la primera escena en que Paco va con su mujer al psicólogo para solucionar los problemas de cama que ambos arrastran y este le pregunta si había recibido ayuda profesional anteriormente y Paco responde que él es andaluz y por tanto nunca ha necesitado terapia... desde ese momento no he parado de reírme.
lunes, marzo 28, 2016
Cuenta la historia de un empresario limeño extorsionado por una revista rosa en el Perú de Fujimori mientras su esposa descubre una nueva faceta de su sexualidad. Todo encaja de una manera magistral. Los temas fundamentales no son nuevos en su obra: el periodismo, el erotismo y la vida política de su país. Hay cierta crítica desfavorable a la novela, creo, permeable a las apariciones del nobel en revistas como Hola. Dudo mucho de la honradez de esa crítica, dudo mucho de que la hayan leído realmente. No es un libro que nos deje donde nos encontró.
martes, marzo 08, 2016
Ramón Gómez de la Serna definió sus greguerías (género que tuvo a bien inventar y cultivar) como metáforas + humor. Sorrentino desarrolla en este largometraje algo así como greguerías filmicas; humor, diálogos filosóficos y poéticos.
Ambos personajes centrales: Michael Kaine y Harvey Keitel representan filosofías de vida distintas, temperamentos diversos: Fred (Michael Kaine) abandera esa independencia y autoestima llenas de humor que deben señalar a un caballero. Es parco en palabras, un personaje estoico, que acepta la realidad tal como es, sin intentar cambiarla. Mick (Harvey Keitel), en cambio, es pasional, vulnerable, se permite una visión trágica y costosa de la vida. La trama es sencilla, las conversaciones muy divertidas y agudas. Merece la pena verla. Lo único, que se hace un poco larga.
viernes, febrero 26, 2016
Empecé a disfrutarla mucho tiempo después, ya en casa, cuando evocaba esos parajes solitarios, el paisaje épico de las Montañas Rocosas canadienses, el invierno frío, la cara más salvaje de la naturaleza; también cuando imaginaba el dolor ya lejano y ajeno. Porque durante la peli anduve mal, sobrecogido, sufriendo lo indecible con esas escenas violentas de lucha por la supervivencia. Un espanto espeso y severo. Menos mal que te tenía a mi lado.
martes, febrero 23, 2016
jueves, febrero 11, 2016
Ambientada en el París del primer tercio del siglo XX, trata de la vida de Víctor Baton, antihéroe, excombatiente de la Primera Guerra Mundial, un hombre pobre y errático que se empeña en hacer amigos, y es tan ingenuo y tan bueno que siempre lo engañan o se aprovechan de él. Un ser muy naïf que solo busca que alguien lo quiera y tan sensible que casi siempre, con cada relación de amistad o amor que emprende, le sobreviene una decepción. Pero no ceja en el empeño. Quiere ser importante para alguien, aunque abusen de él y de su dinero.
Está escrito en un estilo impropio de la época. Sus contemporáneos André Gide, Colette, Marcel Proust, etc. eran más artificiosos. Proust por ejemplo emplea largas frases subordinadas. Bove en cambio narra con frases cortas, inteligibles, sin querer lucirse pero con muy buenas ideas. En fin, distinto, o quizás visionario, alguien adelantado. Me deja a veces perplejo. No me inspira otra cosa. Un poco de pena, porque creo que lo que pretende expresar el autor es la falta de calor humano que se sufre en las sociedades en las que vivimos. Denunciar esa atroz soledad del ser humano cuando quiere comunicarse, compartir experiencias, y no puede, a pesar del gregarismo, de vivir prácticamente hacinados. Esa atroz soledad impuesta, dada, no elegida.
Pero también es un canto a la libertad personal y al oprobio al que se ve sometido aquel que vive libre, y con poco.
“Vivía en el sexto, alejado de los apartamentos. No cantaba, no me reía, por educación, porque no trabajo. Un hombre como yo, que no trabaja, que no quiere trabajar, siempre será odiado.
Yo era, en aquella casa de obreros, el loco, cuando en el fondo, todos hubieran querido serlo. Yo era el único que se privaba de carne, de cine, de ropa, a cambio de ser libre. Yo era el único que, sin pretenderlo, recordaba todos los días a la gente su condición de miserable.
No me han perdonado ser libre y no temer la miseria.”
Está escrito en un estilo impropio de la época. Sus contemporáneos André Gide, Colette, Marcel Proust, etc. eran más artificiosos. Proust por ejemplo emplea largas frases subordinadas. Bove en cambio narra con frases cortas, inteligibles, sin querer lucirse pero con muy buenas ideas. En fin, distinto, o quizás visionario, alguien adelantado. Me deja a veces perplejo. No me inspira otra cosa. Un poco de pena, porque creo que lo que pretende expresar el autor es la falta de calor humano que se sufre en las sociedades en las que vivimos. Denunciar esa atroz soledad del ser humano cuando quiere comunicarse, compartir experiencias, y no puede, a pesar del gregarismo, de vivir prácticamente hacinados. Esa atroz soledad impuesta, dada, no elegida.
Pero también es un canto a la libertad personal y al oprobio al que se ve sometido aquel que vive libre, y con poco.
“Vivía en el sexto, alejado de los apartamentos. No cantaba, no me reía, por educación, porque no trabajo. Un hombre como yo, que no trabaja, que no quiere trabajar, siempre será odiado.
Yo era, en aquella casa de obreros, el loco, cuando en el fondo, todos hubieran querido serlo. Yo era el único que se privaba de carne, de cine, de ropa, a cambio de ser libre. Yo era el único que, sin pretenderlo, recordaba todos los días a la gente su condición de miserable.
No me han perdonado ser libre y no temer la miseria.”
viernes, enero 22, 2016
Hay momentos en que sin saber bien cómo, en auxilio de qué o de quién acuden a nuestra mente imágenes fragmentarias, detalles ornamentales de nuestra vida pasada. Abres los ojos y son las 6 de la mañana, te quedas en la cama soñeando despierto y... de pronto el flash back, se proyecta en tu mente este cuadro que viste hace 10 años en París. Rememoras el día, el paseo desde la Isla de la Citè hasta el Centre Pompidou. Me levanto de la cama y me meto en google a buscar el cuadro. Título, autor, año. Pero sobre todo para verificar que no estoy dormido y que el cuadro existe. Por qué ese y no otro, qué significado puede tener. Cuando lo encuentro sigo sin entender el por qué pero acepto la idea de que no es un desbarro recordar esos barcos vikingos, esa profusión de colores vivos que da a la escena un toque mágico, esas cúpulas del fondo, esas barbas rusas, esa apariencia de mosaico...
Desde una perspectiva esperanzada, la observación de este cuadro me lleva a ser consciente de la realidad, la realidad de esos ¿guerreros? navegando el Volga, tal vez la realidad de un estilo de vida; y a la vez la belleza de la expresión artística me hace flotar en un sueño diversificado sin límites.
VASILI KANDINSKY
La canción del Volga, 1906
Centre Georges Pompidou
miércoles, enero 20, 2016
"La vida de un hombre dura lo mismo que la vida de tres caballos y tú ya has enterrado el primero"
"Comunismo es la gente pobre que consigue salir adelante"
"dejo que te apropies de mi porque me quieres"
"sé que amo de siempre a esta mujer y que este amor tiene el derecho de ser el último"
Me gustaron estas frases del libro. Por lo demás, el argumento, el estilo y la manera de rematar la historia me dejaron a oscuras, indiferente y perplejo, por ese orden.
Me dice mi amiga Mar que el autor escribe como es la vida: sin fin, sin luz, sin claridad. Y también que es montañero y además muy guapo.
Complejo en su fondo me ha parecido el espíritu de este autor. Otra manera de hacer literatura. Un libro enigmático.
sábado, diciembre 12, 2015
La mañana del día de nochebuena amaneció muy fría, casi helada. A eso del mediodía las temperaturas subieron un poco y un sol muy
lejano pero luminoso creó la ilusión de calor en las plazas. Pasaron las horas
y una vez que el poniente anunció su promesa de sombras, allá por el Parque del
Oeste, el frío sobrevino aún más recio e inclemente que al amanecer.
La
gente, sin embargo, poblaba las calles. Un río de luces iluminaba los bulevares.
La Gran Vía, en otro tiempo amenazada y desierta, blanco de los bombardeos de
la aviación nacional, era ahora un hervidero de criaturas urgentes, de seres
que caminan presurosos y hacían gran esfuerzo por no tropezar entre sí.
El ritmo de la gran ciudad es
este. Nunca cesa el trajín, es la costumbre. Las mujeres observan los
escaparates de las tiendas. Los hombres las acompañan, fuman, toman el vermut
en una taberna cualquiera, tal vez en la taberna en que Manolete conoció a Lupe
Sino o en la que Manuel Machado alimentó su dionisíaca afición al vino. Los
niños cantan, gritan, inquietos como de común. De
eso parece que se queja esa mujer negra, de cuyo brazo cuelga un enanito de
pelo hirsuto y acaracolado. El niño pugna por desasirse de su madre, quiere ir a
sentarse en el sillón del betunero. El betunero está recogiendo sus cremas,
hormas, cepillos, el modesto trono, todo el puestecillo al que llama con cierta
sorna ‘mi pequeña empresa ambulante’.
Francisco,
que así se llama este betunero, se instala estratégicamente a la entrada del
Cine Capitol, uno de los pocos cines legendarios que aún quedan en Gran Vía. Ejerce
la profesión con histórico orgullo y prefiere, a limpiabotas, llamarse betunero,
del mismo modo que el dentista desprecia el término sacamuelas o el mecánico aprieta
tornillos. Él dice que frente a la tecnificación en los procesos de producción
y las nuevas tecnologías invadiéndolo todo, los viejos oficios ambulantes como
el suyo mantienen cierta significación filantrópica y una finalidad de conservación de la
identidad cultural.
Son
las nueve y Francisco se dirige hacia su casa, un estudio en una sola pieza
situada en Tirso de Molina. Se va quejando del frío, tal vez vaya un poco
malhumorado de saber que nadie le espera una noche como esta. Al bajar por
la calle Montera suena su teléfono. Cinco minutos después cambia de sentido bruscamente,
algo ha pasado. Se dirige de nuevo a Gran Vía en busca de un taxi. Dos lágrimas
muy agrias le queman la cara. Era su tía Paloma:
-Paco, tengo una mala noticia
que darte, tu madre…
Ahora
va apesadumbrado, confuso, no sabe qué frío es cual, uno le hiela la cara, las
manos, el otro la sangre. Es cierto que esperaba la noticia de un
momento a otro, los 95 años eran enfermedad que no tenía cura, pero la muerte
de una persona querida siempre nos coge de sorpresa por muy fino y frágil que fuera el hilo de su
vida y por muy afiladas que estuvieran las tijeras de la parca.
Ángeles,
su madre, había sido una mujer muy del Régimen, conservadora en sus ideas,
católica en sus creencias, tradicional en su educación. Una conducta intachable
y discreta había marcado su vida en un amplio piso del castizo distrito de
Chamberí. Casó muy jovencita con un alto cargo del ejército que al poco se
convirtió en uno de los líderes de la rebelión militar del 36. En el 37
enviudó. Un misterioso accidente de aviación dejó sin padre al niño que juntos querían tener. Tras ese duro golpe pensó que debía hacer algo y en los
primeros años de la década de los 40 ingresó en el Auxilio Social, asociación
de beneficiencia donde se daba un plato de sopa fascista a los niños huérfanos
de la guerra.
La relación con su hijo
siempre había sido difícil. Ella hubiera deseado otro camino para Paquito, otra
salida era posible, medios no le habían faltado, apoyos tampoco. Todo le venía
dado, solo tenía que seguir el guión, el
mapa era claro, la ruta muy segura, el tesoro una brillante carrera de abogado, ampliación de estudios en una prestigiosa
universidad Europea o norteamericana y
luego volvería a España a defender los
valores del glorioso régimen franquista. Sin embargo la mujer vivió a disgusto.
Paco se matriculó tarde y a regañadientes. Una vez licenciado no se fue a Inglaterra,
ni a Estados Unidos. No hizo nada. Se dedicaba a leer y a dormir. Frecuentaba sin
mucha felicidad los bajos fondos de la ciudad, los círculos literarios, los
cafés de medio pelo, las casas de citas. Llevó una existencia un tanto
fantasmal, muy distante de todo y de todos; incluso llegó a creerse, no un
muerto, pero sí menos real que aquello que lo rodeaba: una ciudad sórdida y
llena de contrastes, donde en unos barrios las tabernas rebosaban de alboroto y
fiesta (toreros, artistas, famosos…) y en otros, como en Ventas, la gente se
consumía en cárceles inhóspitas. Pasaron los años y un día decidió, algo muy
incomprensible para doña Ángeles, matricularse en Historia. Eran los primeros años de los
setenta, el ambiente andaba muy crispado y no había disturbio, revuelta o
manifestación que a Francisco resultara ajena. Andaba inmiscuido en las
asambleas estudiantiles y en los sindicatos que éstas alentaron. En más de una
ocasión tuvo Ángeles que acudir a comisaría a salvar a su niño del oprobio de
verse detenido (y tal vez encarcelado) invocando con el índice apuntando al
cielo el respetadísimo nombre de su difunto esposo. La historia de cómo pasó de
licenciado en Derecho e Historia a limpiabotas es una historia de rebeldía
familiar y de una especie de nihilismo existencial.
La
mañana del día 4 de enero ha amanecido muy lluviosa. Después de un verano
caluroso y un otoño seco el agua se había convertido en un recuerdo, en una
nostalgia casi. Pero esta mañana, las hojas de los árboles parece que ríen al contacto fresco y húmedo de
la lluvia, sus troncos se limpian de una pátina monóxido que tan desangelados y
deprimidos los tienen. Porque los árboles también se pueden deprimir, basta que
observemos sus ramas alicaídas, sus hojas sin color, su tronco mugriento y
sucio, y aunque en su aspecto externo no lo advirtamos, en su fuero interno
padecen enfermedades espantosas, la sabia está infecta, corrompida por lo que sale de los tubos de
escape.
Francisco
está en casa de su madre. Su tía paloma le muestra los objetos de la
difunta para que se lleve lo que quiera. Ahora la tía dice que saldrá a hacer
unas compras para el almuerzo. Francisco se queda solo, la cara apoyada en las
manos. No sabe qué hacer. Abre un cajón. Crema de manos, un rosario, un viejo
reloj, un cofrecillo de madera adornado con caracolas, dentro collares,
pulseras y un anillo. Despierta su curiosidad una carpeta clasificadora con un encabezamiento
que dice: “Auxilio Social”. La abre y encuentra recortes de periódicos, del “Arriba”,
todos los artículos hacen referencia al “Auxilio Social”. En cada archivo
ordenado cronológicamente por años desde 1940 hay un listado mecanografiado de
los niños republicanos que ingresaron en el hospicio del Auxilio y al margen de
cada nombre aparece escrito a mano la procedencia de cada uno, su fecha
aproximada de nacimiento, sus nombres anteriores de republicanos y sus nuevos
nombres de criaturas regeneradas y salvadas de la enfermedad comunista. De pronto ha acudidido a su cabeza una sospecha, un negro presentimiento a su corazón.
Fuera,
la lluvia golpea furiosamente los aleros, a los nueve segundos del relumbre del relámpago retumba el trueno. Se va la luz. En esta penumbra se le encienden todas las
llamas de la mente. No es posible-se dice, cuando comprende que realmente
sí lo es. La luz de la lámpara vuelve a encenderse. Retoma la lectura
de la carpeta que le dirá quién es y quién no ha sido en absoluto. El dedo viaja
nervioso entre los nombres, entre las páginas, 1941, 1942, 1943…, en el listado
correspondiente al año 1947 contempla su nombre. Al margen se lee “Hilario
Rodríguez Galán. Hijo de Federico y Dolores, el primero fallecido en 1938 en el
Ebro, la segunda desaparecida”. Debajo, con letra muy pequeña aparece una
palabra, un nombre geográfico, el del pueblo donde nació.
Muchas cosas pasan por la
cabeza de Francisco el betunero, a cuál más angustiosa. La perplejidad de no ser quien ha creído ser toda la vida lo paraliza. Su madre lo había
engañado, porque ocultar la realidad es una forma de engaño, quizás un engaño
más profundo y consciente que la mentira corriente. Ahora puede atar cabos
sueltos, ahora se comprende a sí mismo, esa desazón que lo había acompañado
siempre, ese sentirse desligado de todos, ese desarraigo que se le imponía
desde dentro, inconscientemente. Había querido a su madre, es cierto, pero ella
nunca comprendió su actitud, no supo ver en su rebeldía el hueco deshabitado de
su truncada infancia.
Francisco
se dirige al pequeño despacho de la casa de su madre. Busca un mapa, no es
necesario que registre de esa forma la librería, uno inmenso cuelga de una de
las paredes. Está nervioso. Localiza lo que anda buscando tras una breve
pesquisa. Se ducha, se afeita. Está dispuesto, lo ha decidido mientras el agua
caliente le resbalaba por el cuerpo y oía el rumor de la lluvia en los
batientes: se va al sur en busca de su origen.
Con
ese solo pensamiento, burlando tormentas y tormentos, se echa a la calle, pide
un taxi, a Renfe por favor. El tren parte puntualmente a las 6 de la tarde, a
las 8:30 llegará a la capital de la comunidad sureña. Si tiene suerte a eso de
las 9 podrá coger un autobús que lo lleve a la provincia vecina y una vez en el
pueblo buscar un hostal donde pasar la noche. En el transcurso del viaje piensa
si no ha concedido demasiada credibilidad a una carpeta abandonada, pues a fin
de cuentas no es más que eso. También da en suponer que Dolores pudo haber
muerto asesinada en aquellos años de dura represión. Tampoco es descabellado
imaginar a Dolores embarcado hacia el exilio, a Méjico por ejemplo, o a Puerto
Rico, quién sabe.
Todo es posible pero tiene
que intentarlo. Siempre puede encontrar en el pueblo a un familiar, algún conocido, algún documento,
algo.
Al llegar a la estación de
Santa Justa toma un taxi que lo va a llevar directamente a su destino pues
considera improbable que un autobús haga ruta a ésas horas.
A
las siete y media de la mañana del día de cabalgata despierta Francisco en una habitación
de hotel, en una cama que no es la suya pero que le ha hecho dormir el sueño de
los justos. Se ducha y sale. Las calles de este pueblo huelen a desayuno, a
chimenea, a panadería, a decencia, a mundo por estrenar; estos árboles no están enfermos, esa casa parece
recién encalada, el último grillo de la noche entona un son monótono, hay rosales
en las jardineras, parece de mentira esa luna en el altozano, qué silencio…, pero
no, gallo de la aurora, no rehúses cantar, alza tu clarín de plata, dinos
el nuevo día; y tú, alegre campana, salúdanos desde tu puesto privilegiado, muy
buenos días pueblo de sierra.
Francisco pasea para hacer
tiempo, desayuna en una cafetería, luego se dirige al ayuntamiento. Lo atiende
una mujer de mediana edad que se queda pensativa cuando le pregunta por Dolores
Galán. Se levanta y va a hablar con el secretario. Luego vuelve con el último
censo de población en la mano.
-Hay dos personas registradas
con ese nombre: la primera nacida en 1920, la segunda en 1979.
-Por favor dígame algo sobre
la primera.
-Llamada Dolores, viuda desde 1938, su
marido murió en la guerra. Tres años después se la dio por desaparecida. Con el
paso del tiempo hemos sabido en este ayuntamiento que Dolores embarcó hacia
Argentina. En el año 78 volvió a pasar una temporada en el pueblo. Compró un cortijo situado en una pequeña urbanización a tres kilómetros de aquí donde pasaba las vacaciones, pero las temporadas en él se fueron prolongando, hasta hoy que está completamente instalada con su marido que es argentino. A
veces viene a verla su hija y familia. Ya es muy anciana pero aún se le
ve en el pueblo haciendo alguna compra.
-No necesito saber más,
muchas gracias, han sido muy amables.
Francisco,
visiblemente emocionado, camina en dirección a la urbanización. Al cabo de media hora se encuentra con un cruce de caminos en el que se distingue una
venta. En ella vuelve a preguntar por Dolores. El ventero le señala una “colá”
paralela a la carretera que le conducirá hasta un caserío enjalbegado, con ventanas de color verde, frente al cual, una vez
cruzada la carretera, hallará un cortijo cercado de balaustradas blancas.
-Allí vive esa mujer que me dice. En estos pueblos tan pequeños todo el mundo se conoce, amigo.
-Gracias a Dios que es así-, piensa Francisco.
El chalé está guardado por un perro pequeño que sale a su encuentro con una bravura inversamente proporcional a su tamaño. Los ladridos incitan a dos niños a salir de la casa y llegan hasta él. Un anciano se queda entre las jambas de la puerta, una mujer de la misma edad mira tras una ventana acristalada. No es costumbre que un desconocido pase por allí.
-Allí vive esa mujer que me dice. En estos pueblos tan pequeños todo el mundo se conoce, amigo.
-Gracias a Dios que es así-, piensa Francisco.
El chalé está guardado por un perro pequeño que sale a su encuentro con una bravura inversamente proporcional a su tamaño. Los ladridos incitan a dos niños a salir de la casa y llegan hasta él. Un anciano se queda entre las jambas de la puerta, una mujer de la misma edad mira tras una ventana acristalada. No es costumbre que un desconocido pase por allí.
Hola,-dice Francisco.
Hola,- responde el hombre sin
acercarse y sin mover un pié del umbral de la puerta. El silencio se hace
incómodo.
-Mire usted, me llamo
Francisco, bueno no, eso creía hasta que… ¿vive aquí Dolores Galán?
-Si, es mi mujer ¿qué querés
vos de ella?,
-Pues me gustaría, cómo
decirle, preguntarle una única cosa ¿puedo pasar?
Dolores ha oído la
conversación desde dentro y en este punto sale a escena:
-Yo soy Dolores, formule
usted esa pregunta y haga el favor de marcharse.
-Enseguida señora, ¿ha conocido
usted a alguna persona llamada Hilario, Hilario Rodríguez Galán? Ese es mi nombre..
A la anciana le cambia la cara,
las manos sarmentosas buscan apoyo donde poder contener los temblores, la
mirada se le pierde en un punto indeterminado, los ojos parecen dos sombras, como
si no viera a través de ellos o como si estuvieran mirando hacia dentro y no
hacia fuera. Un escalofrío le recorre el cuerpo y siente emoción y miedo al
mismo tiempo.
-No, no recuerdo a nadie con
ese nombre, ¡márchese por favor!
Francisco queda
desilusionado y con la actitud glacial de las personas que tiene frente a sí y que
lo miran con curiosidad pero desde una lejanía embarazosa.
-Nada más, perdonen las
molestias y gracias por responder a mi
pregunta.
Se ha dado la vuelta y ya se
va. Ideas contradictorias pasan por su cabeza. Se siente ridículo y torpe, ¿cómo
ha podido creer semejante cuento?¿cómo ha caído en la torpeza de viajar hasta
allí buscando una madre desconocida, tal vez ficticia?¿acaso estas historias no
son cosa de películas y de cuentos de navidad en los que todos acaban muy
felices reunidos al calor de la lumbre en la casa familiar? No se perdona a sí
mismo la ingenuidad, las ilusiones fundadas, la creencia gratuita en un sueño
tan vaporoso e irreal. Ahora volverá a la ciudad, a su pequeño reducto en Tirso
de Molina, a sus zapatos en Gran Vía..
-¡Señor, señor, espere!-le
dice un niño rubio y en bicicleta- mi abuelita
quiere que vuelva, que ha olvidado usted algo.
Están todos reunidos alrededor
de la mesa: Dígame señora, qué es lo que he olvidado.
No, no eres tú el que ha
olvidado algo hijo, soy yo.
Las lágrimas ruedan por los
rostros, la rabia se mezclada con la alegría..
Siéntate hijo mío, hay dos
vidas que contar.
La
noche buena fue una mala noche, el día de navidad no trajo nacimiento sino muerte
pero la noche de reyes una mujer y un hombre han recibido el mejor regalo que
pudieran imaginar. Esta es su historia, pero también es la historia de un
encuentro casual, un encuentro que no llegó a producirse para tantas y tantas
personas separadas por las crueles circunstancias históricas de un país
castigado por odios y rencores. Vidas escindidas por la iniquidad de unos
gobernantes vehementes, niños separados de sus madres por una idea macabra.
Dadas
las circunstancias de sus vidas es triste pensarlo, pero esta madre y este hijo
deben sentirse afortunados.
UN ENCUENTRO CASUAL
UN ENCUENTRO CASUAL
José Luis Rodríguez Mulero
c/ Teniente Peñalver, 69
Prado del Rey
(Cádiz)
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